dissabte 28 de gener de 2012

El camino del viandante hacia el ocaso.



Despertar a la luz.

Sentir el cosquilleo inevitable de las arenas en cada pequeña porción de piel.

Transmutar todas las sensaciones a la vez, el aire cálido en los pulmones recién devueltos a la vida.

Escuchar el roce de cada uno de los granos de arena que componen el mundo cambiante sobre el que se ha despertado.

Avanzar como un efecto retroactivo de la vida.

Un pie primero, otro después, el cuerpo que sigue el movimiento hacia un lugar todavía inaccesible por la mente.

Atravesar el resto efímero y sombrío de tres figuras que se conjugan con el viento.

Sentir un frío glacial en la punta de los dedos y una mancha que se advierte como un aviso sobre cada parte que va cruzando el umbral de los espíritus.

Pero no dejar de avanzar aun cuando aparenta ser un síntoma mecánico, una sucesión contraria al hecho de desear protegerse y sobrevivirse con las diezmadas fuerzas que contiene el nuevo cascarón.

Pero avanzar.

Seguir hacia el horizonte donde una línea clara de luz potente marca el camino, el único camino.

Dejar atrás la sombra, el propio dibujo horizontal serpenteando sobre dunas que son casi agua, casi humo que se va deshaciendo en la memoria.

Moverse, con la sola intención de moverse y trascender al apartarse de la consecuencia de lo quieto.

Correr, un paso tras otro paso, hundirse y salir, y rescatar las manos de bocas de arena que las tragan sin miramientos.

Correr hasta encontrar el suelo más sólido, más cálido, más puntiagudo y afilado y hambriento de herir y beber de cada diminuto corte, de cada estallido del propio cuerpo.

Llegar al límite del desierto, que como una frontera, como una línea dibujada, como una burbuja que teme ir más allá, está contenido en si mismo, encerrado ante un muro que asciende.

Una pared circular, no muy elevada, empieza a lanzar su sombra de luna creciente sobre el hombre.

Avanzar, saltar de roca en roca, no temer las alturas y dejarse caer exhausto tras la barrera natural superada y rodar, golpearse, sentir por primera vez el peso duro de huesos, carne, plasma.

Terminar al fin sobre una marea verdosa, sobre el olor penetrante de las plantas aplastadas que liberan su potente aroma y uncen por vez primera este semblante que nota como se arruga su nariz y la musculatura de su boca.

Y comienza a desear algo que le complete, como un dolor punzante y violento en su centro.

Coger a puñados la tierra, arañarla, macerar los diferentes tonos de verdor, sintiendo su fibra, su humedad liberada con violento arrojo.

Mirar al frente, limpiarse el cuerpo con los restos de esa pulpa y encontrar un inmenso reflejo azul, un rumor que el viento parece despertar.

Levantarse quedo, anonadado, llegar al borde del nuevo desierto, líquido desierto azul que se corresponde al otro, como en un punto opuesto.

Hundir cabeza y cuerpo y caer dentro como un animal errante que ha recuperado su instinto.
Sentir el dulce arrojo en la lengua, el metálico tránsito de la sequedad que se pierde, el estómago lleno de fría vida.

Abrir los ojos a la humedad, al espasmo, y salir tomando aire como un grito de liberación.

Ante él, una barca hecha con raíces entrelazadas, soporta un árbol; y un igual, pues es así como él lo entiende sin articular pensamiento ni palabra, le espera mirándole fijamente.

Su cuerpo no está desnudo, lo cubren innumerables hojas cosidas, provenientes del árbol que forma su vehículo.

En su mano un nudoso bastón que parece formar parte de las raíces, y su otra mano tendida hacia abajo, apuntándole.

Hasta aquí, hasta este lugar extraño, hasta esta frontera.

Donde se miran en un lapso que puede alargarse durante un tiempo infinito.

Desde donde el ocaso comienza a dejar su lengua de rojos y malvas ascendentes.

Como una garganta que intenta tragar las aguas en el horizonte.

Como marco final de este relato y principio inevitable del siguiente.