dijous, 4 / octubre / 2007

Sobre la leyenda del rey de las marionetas.


Quizás en algún momento de todo, cuando las cosas son como uno cree y no como uno se percata, cuando todo se algodona y se ablanda y apenas cuesta traspasar las diferentes fronteras que se abren, ausentes a cualquier intrusión.

Puede que en este guiño aparente de los destinos, de los vértices en los que se sustenta el espacio real, el plano de existencia donde medramos hasta que ya no podemos medrar más, puede que en él se de algo que en superficie y solo en su estrato más comprensible, de lugar a un cuchicheo, a una interminable oleada de preguntas encadenadas en preguntas, como arena de un inmaterial reloj que invade cada rincón de vuestros hogares.

Y este desgaste por abrasión, este pulido continuo e inevitable, va abrillantando las carcasas y todo lo que proviene de lo externo se ve expulsado, repelido, lanzado de nuevo a la grandeza desde la que nos alcanza.

Igual es entonces, en esta frialdad que nos es tan común, en este cubículo refrigerado, en esta armadura controlada por hebras inseparables que algo emana rotundo y necesario, un resorte de seguridad, una fantasía imprevisible, que tal vez fue colocada ahi en algún momento de nuestra construcción.

Quizás la última de las preguntas se encuentra detrás de esta necesidad de evaporarse, de buscar hacia afuera, un urgencia de encuentros con lo que siempre estuvo más allá de lo más aquí que concebimos, y en algún lugar nos golpea duro e insensible este pensamiento.

Vienen las imágenes, prendidas en el sueño, pegadas en el caldo de las pesadillas, untadas en cada elemento que nos contamina y nos deforma, títeres obtusos y reconvertidos en algo humanamente simulado.

Algo se abre, algo se cierra, y nos encuentra flotando la razón en un estanque de cristalina hondura, donde vemos profundidades vetadas en el lugar al que imaginamos también pertenecer.

Y no queda en nosotros otra ansia que mirar hacia abajo, perdernos tras el residuo visual de nuestros pies y dejarnos guiar de alguna manera a un punto fijo, un punto ahogado, zona de silencio y poderosas presiones que de otro modo sería inalcanzable.

Allí, reposa algo, sobre rocas amontonadas en aparente caos.

Allí, se queda pegado nuestro ojo, resumida nuestra cautela.

Allí, algo pulsa dentro de los oídos, algo se desmenuza dentro y nos rescata fluído para bajar un poco más.

Allí, algo parece liberarnos de los hilos, y nos permite mirar con claras pretensiones alimenticias.

Entre el silencio, entre las algas que crecen hacia arriba como espiraladas columnas serpenteantes, una burbuja rodeada de la mágica penumbra.

Un ser postrado sobre sus rodillas, se abraza a si mismo y viste una corona raída, un cetro de madera en el que han crecido esponjas y corales y una capa carmesí llena de morenas que nos observan celosas desde su guarida en constante movimiento.

Cadenas doradas llenas de mejillones y cangrejos, estan adheridas a su espalda y suben arriba, arriba y lejos, hasta la luz mortecina que separa este mundo sumergido del otro mundo que nos contenta, arriba, arriba y lejos.

Y acercarse sin pensar en los peligros.

Mirar unas cuencas vacías a escasos dos palmos.

Y ver dentro la luz incandescente de dos peces abisales escondidos en su cráneo.

De alguna manera al cruzar este lugar tal vez sagrado, aparece la duda y uno se imagina hereje, condenado, culpable de tantas cosas incomprensibles.

Y nota un tirón incontrolable en sus vértebras, en la nuca, y en cada una de las articulaciones.

Y poco después despierta, en una cama blanda, en un embrollo de sábanas y molestas arrugas de tela lacerando la piel.

Y lo único que recuerda es la sensación de peligro, y algo molesto, como la añoranza, mientras no consigue aun explicarse la salada humedad que se le ha quedado pegada en todo el cuerpo.