dilluns, 15 / octubre / 2007

Sobre una rebelde marioneta.


Dicen, que tras iniciarse la guerra, la lucha silenciosa de todas las marionetas, cuando los hilos se tensaban esporádicamente y alguien moría o sufría una larga convalecencia, que una de aquellas marionetas por causa de un extraño azar, todavía desconocido entre los títeres, se quedó prendada de su huésped.

Esto aconteció de la siguiente manera.

Cerca del lugar donde todas las marionetas se construyen, a la sombra de su árbol, caminando por encima de esta sombra hasta un camino que queda abajo, a unos metros hundido entre las rocas, pueden avistarse pocos viajeros.

Pero hoy no es un día de silencio para ese camino, algo sucede al amparo de la sombra precipitada del árbol, que llega hasta allí como una mano protectora.

Un viajero, no sabría decir si hombre o mujer, un perdido, ha dejado algo al lado del camino.

Un hatillo, un paquete, un envoltorio de trapos y una sucia manta.

Si uno pudiera partirse en dos y dejar un ojo mirando este montoncito de retales y a su vez mandar el otro justo al otro lado, arriba, al lado del montón de títeres, se hubiera dado cuenta, que algo empezaba a moverse a la vez en los dos lugares; una mano en miniatura asomó entonces de los trapos, una manita casi de juguete, una mano rosada, una mano que impactaba su imagen familiar en el ojo de cualquiera que mirara, pero en este caso no había nadie, o sí.

Del acúmulo de cuerpos lijados, algo pareció tomar vida de manera repentina y convulsa, y sin precedente a ninguna de las anteriores parasitosis entre marionetas y hombres, en este caso no se formaron los hilos dorados en el aire, la luz no se endureció sino que sucedió algo mucho más extraño.

El árbol, en cuyo interior trabajaba afanosamente el luthier, había ocultado bajo su sombra aquel diminuto paquete y a su vez, por esta sola vez, gracias a la perpendicularidad del sol y de algún que otro síntoma, que incluso a un avispado observador capaz de partirse en dos se le escaparía, las sombras dibujaron un nuevo material para constituir los hilos.

No fue la luz, y si fue la luz, porque no es posible la sombra sin esta, pero aquellas nuevas cadenas no eran doradas sino oscuras y retorcidas por el modelo que marcaban las hojas en el suelo, como un cordón umbilical, como un extraño camino lleno de recortes dorados, por el que la marioneta había comenzado a arrastrarse, movida por un impulso muy fuerte, hasta casi el borde del pequeño precipicio, y después hasta el borde mismo y después, hasta asomar la mitad de su cuerpo por encima de una de las rocas que marcaban el límite justo antes de precipitarte al vacío.

Los hilos descendían como tinta derramada sobre el ocre de la pared y se introducían dentro de la tela, dentro de lo desconocido, pero ningún llanto surgió de dentro.

La marioneta, descendió, poco a poco, hasta que no pudo descender más, de algún modo sentía que no debía tocar la luz del sol, algún resorte le avisaba del peligro, de que existía por otro motivo que nada tenía que ver con el del resto de marionetas y sin saber por qué reaccionaba de esta manera.

Viendo que no podía alcanzar el hatillo, subió otra vez arriba, e hizo algo sin precedentes, miró a su alrededor y vio sus propias cadenas, cosa que nunca antes había sucedido, y las cogió con las manos, pues le caían fláccidas desde las articulaciones al suelo y sin saber cómo, podía moverse sin ellas, ausente a ellas, totalmente autónoma, pero todavía inevitablemente unida, adherida a ese algo que dormitaba allá abajo.

Tiró, tensando sus articuladas extremidades de madera, y poco a poco, con una fuerza terriblemente intensa, puesto que las marionetas pueden hacer cosas que desconocen hasta que las hacen, e increíbles hazañas son posibles para unos seres confeccionados sin ningún tipo de limitación, solo que sencillamente no lo saben y casi ninguna decide nunca hacer nada más que ser una marioneta, al margen del tema de la guerra.

Los hilos se tensaron y el hatillo comenzó a desmoronarse, y de su interior un cuerpo rosado, colgando como una marioneta, comenzó a elevarse hacia lo alto, con los ojos abiertos como platos, cristalinos, oteando el horizonte plagado de luces hipnóticas, no lloraba, solo admiraba todo, perdiéndose en la gran magnitud de la luz, del entorno, como si estuviera en los brazos amorosos de una madre tierna y cálida.

Después de aquello, nadie supo que ocurrió exactamente, ni cuanto tiempo pasó la marioneta para subir al pequeño hasta arriba.

Nadie supo que ella lo estuvo mirando largo tiempo, mientras envuelto en un ropaje extraño, hecho mediante los destensados hilos, el bebé dormitaba cogiéndole la mano de madera con su pequeña mano.

Y fue entonces cuando sucedió una de las cosas más extrañas de aquel día.

El luthier escuchó como resonaba el tronco del árbol, que nadie había tocado desde que él se asentó allí.

El sonido le resonó en los oídos y su extrañeza le hizo sonreír.

La siguiente imagen tiene que ver con muchas cosas que no pueden describirse.

Solo se puede contar que el ojo del luthier, acostumbrado a la penumbra, reflejaba delante suyo a una marioneta que llevaba en sus brazos a un niño durmiente, envuelto en una maraña negra, que auguraba algo que no estaba previsto.

De marionetas y hombres.


Parece ser que asumimos los accidentes como algo casual, fruto de un descuido.

Aparentemente no existe conexión alguna entre el suceso accidental y otra cosa que no sean las obligatorias consecuencias de pertenecer a un conjunto de leyes que nos modifican y transforman.

Aparentemente dije.

Porque sucedió un día, uno como hoy, común como el más común de los días, ni siquiera marcado en colores especiales en el calendario, ni unido a ninguna celebración importante, o a nada que no lo hiciera transitar y desaparecer, como uno de esos días de trabajo de los cuales uno no recuerda que sucediera nada de interés.

Solo que cuando uno iba a coger una taza de café, por ejemplo, durante unas milésimas de segundo perdía el control de su cuerpo, no de todo el cuerpo, pero si de una parte concreta, algo casi inapreciable.

En este caso concreto, el dedo fallaba su objetivo por apenas medio milímetro, suficiente para que la superficie de la taza no se adhiriera a su mano y esa leve modificación pusiera en peligro el equilibrio del continente y del contenido, terminando todo el fluido cayendo encima de una importante montaña de documentos, que desde ese instante se volvía inservible y producía una importante algarabía y un desorbitado caos en la oficina gubernamental donde tenía lugar este suceso.

Como dije, en apariencia nada era un gran desastre en si mismo, pero si los sucesos se empiezan a encadenar y en un mismo día, en una misma franja horaria, contabilizáramos todos los accidentes por esos "descuidos", la lista sería larga, extensa, vastísima y no podríamos sencillamente culpar a un inocente azar de esta serie de golpes bajos.

Tal vez, el incidente de la taza de café no asustará mucho a nadie, pero claro, si trasladamos esto a un avión de pasajeros aterrizando en mitad de una tormenta, o a un hombre que limpia su escopeta en el jardín mientras sus hijos piensan en darle un susto por la espalda, o en una señora que se dedica a cambiar los maceteros de su balcón mientras abajo una muchedumbre de gente se desplaza como un ejército de larvas a devorar las ciudades, quizás la cosa cambia un poco.

Tal vez, estos sucesos tampoco den mucho miedo, aun entran dentro de lo que es aceptable como accidente, unas cuantas muertes contabilizadas en un titular de periódico o en una fugaz noticia moldeada al interés de una cadena de televisión, mientras se mastica un par de veces durante la comida y después el postre gana en interés a lo que hace un minuto estaba y ahora ha desaparecido, llevándose consigo la conciencia, o la posible reflexión sobre lo que aconteció.

Tal vez, nadie se haya dado cuenta de cuantas espoletas se arrancaron sin querer de las granadas, o cuantos pies pisaron despreocupadamente, por un traspiés, alguna mina antipersona, o cuantos de los que las colocaron fueron enterrados por haber colocado ligeramente mal alguna de las piezas y de los componentes que formaban semejantes artefactos, o más fácil todavía, el que se equivocó al redactar algún tratado de paz o alguna carta de amor defectuosa que jamás llegó al destinatario, o ese que sin querer dejó caer una gota equivocada en el componente químico equivocado, o el que coloca mal una etiqueta en una botella de lejía, o quién sabe, todas esas cosas pequeñas que después van creciendo, como una gran bola de nieve que le golpea a uno mientras piensa en todas las causas que forman su origen.

Tal vez, incluso más lejos todavía, un trazo en uno de los planos de construcción de un edificio, de una aeronave o de un barco, o la ligera torsión de una frontera en un mapamundi.

Todas esas cosas importantes estuvieron en peligro durante un tanteo, mientras los hilos se tensaban y destensaban, como diminutas cadenas doradas que pretenden educar a un animal gigante.

Mientras cada marioneta cabalgaba en secreto a cada hombre.

Y se extendía su revolución, en acumulados sucesos, que iban dibujando otra historia, justificando tal vez así, todos los grandes desastres sufridos por la humanidad.

El hombre comenzaba a iniciarse en una intrincada espiral de destrucción y solo fue capaz de imaginar cada una de estas claras huellas de acercamiento al abismo, como parte de un azar malévolo, quizás irrefrenable, que sumía su miserable vida en una irresponsabilidad liberadora, siempre culpa de algo que no puede ser sustituido, el acto mecánico de las fuerzas misteriosas que invaden el mundo, antes quizás que la humanidad existiera.

Lo que no sabía el hombre, es que tal vez esto no fue del todo así.