dijous, 18 / octubre / 2007

Del primer diseño original.


Nunca se supo, pero yo si sé, como empezó el luthier, sin albergar ninguna idea preconcebida, a construir títeres.

Las cosas a veces suceden de la manera más inesperada e imprevista.

No, éste no es el cuento del hombre viejo martirizado por la necesidad de ser padre y que a pesar de las consecuencias para el niño, decide de un modo u otro construirlo, incluso con un material tan perecedero como la madera.

No, éste no es ese cuento.

Porque el luthier no es un hombre, a pesar de tener todas las extremidades de un hombre.

A pesar de ser totalmente un hombre a vista de cualquiera.

El luthier entró en su taller y su taller ya existía.

El luthier mismo no tiene constancia de haber dejado de existir alguna vez.

El luthier sabe a ciencia cierta que no es dios.

Pero tampoco conoce a dios, si éste se le presentara un día.

Es como una especie de corazonada.

Como un sentido aturdido por el viaje, que todavía responde, pero que tarda unos segundos en reaccionar ante los estímulos.

El ser con aspecto de hombre viejo sosegado, se mueve como un gato entre las nervaduras del árbol que le guarece.

Se siente muchas veces como parte de un todo, como un engranaje, pero esto no le preocupa mucho tiempo, ya que enseguida se acerca a una de las paredes del árbol, la golpea con la mano en un puño y algo hueco suena allí dentro.

La pared se inflama, la pared toma la consistencia de un huevo, y suavemente, aunque tras unos cuantos temblores que se contagian a toda la estructura y después a la tierra, se desprende en las manos del anciano.

Sabe lo que tiene que hacer y no lo sabe.

Coloca la pieza de madera sobre la mesa.

Prepara todo el instrumental con precisión de cirujano.

Se sienta en un taburete de madera, y mira durante un tiempo de reflexión, no demasiado largo, la forma ovalada que yace indefensa ante él.

Y si pudiéramos mirar a través de su ojo, veríamos que puede ver ya en el interior de la pieza, la marioneta acabada, con sus volúmenes perfectamente adecuados a lo que se espera.

Y si pudiéramos ver que sucede desde entonces, en que como inmerso en una ensoñación, el luthier comienza a trabajar y no se detiene nunca, nunca se para a dudar el siguiente paso, ni a hacer nada que no sea lo que está haciendo.

Él sabe y no sabe, hace y no hace, parece que todo esté inmóvil mientras trabaja como un rápido insecto matemático en sus acciones.

El títere primogénito comienza a desprenderse de su coraza, dolorosamente quizás, aunque esto nadie lo comprende, pieza a pieza se va quedando desmembrado sobre el serrín.

Cara, brazos, manos, dedos, juntas, articulaciones, cuerpo, piernas, pies, más dedos, nada se escapa al detalle, nada.

El luthier no es humano, pero aquí, y seguramente solo por esta vez, se va a permitir algo que luego no volverá a permitirse, el diseño original no se repetirá nunca, todo lo demás serán copias inexactas, casi el diseño, pero no el diseño, nunca el diseño que le ha marcado el ojo por primera vez.

Solo entonces, cuando el títere está completo, lo esconde en un cajón. No le ha hecho ningún soporte para sus hilos. Lo ha dejado tal cual, una figura humana sin consistencia. Apartado de la luz.

Quizás temeroso de quién sabe qué, el luthier, al amparo de la noche, saca del árbol un hatillo y se dirige al lugar donde más adelante colocará todas sus creaciones. Allí hace un agujero y deja caer dentro la maraña de trapos. Los cubre lentamente con tierra y tras mirar fugazmente su obra, se aleja de nuevo a la protección de su taller.

Pasan las épocas, y ahora ya hay una acumulación importante de marionetas al lado del árbol, como un pequeño talud.

Cada noche, el luthier sale a colocar las que hace durante el día y vuelve rápidamente a su seguridad.

Y cada noche recuerda, algo que no puede demorar mucho tiempo en la mente, si es que es una mente lo que le hace recordar o es que ya lo sabe y siempre lo ha sabido, como algo integrado en su totalidad.

Y sabe que bajo la montaña de imágenes repetidas se encuentra su castigo. De algún modo conoce el destino que aguarda a su debilidad. Y sin embargo acepta, pasa todo el tiempo fabricando una hilera infinita de formas del molde primero.

Porque quizás es la única manera que tiene de contar el tiempo, de saber quizás con una poderosa y clara exactitud, cuando ha de suceder aquello que quizás ya ha sucedido.

Aunque a su pesar, sobre su espalda, también pesan largas cadenas que se pierden allende en el horizontal vestigio de una bóveda celeste.

Y contempla un punto de inflexión desde el que quizás un día, también él sea libre.

Del origen del luthier (De uno de muchos, exáctamente el cuarto)


Un punto en el origen de todo.

Una causa en el punto origen.

Un todo en un algo que se expande.

Una extensión de algo.

Un crecimiento.

Un nacimiento.

Una forma sobre un remolino de materia fundida.

Sobre una bolsa rodeada de corrientes de plasma en fusión.

Un huevo primario, donde algo pierde por primera vez su envoltorio.

Donde el átomo intuye en su grito inicial, cuales serán todas las voces conscientes de su eco.

Tal vez fue ahí, donde las cosas imposibles dejaban de tener sentido, donde todo era comprensible y los resortes de todos los ciclos no estaban obligados a racionalizarse.

Cuando nada era comprendido, pero todo era.

Quizás un cuerpo.

Quizás el punto de origen convertido en simple tránsito.

Quizás la noche más oscura de todas las interminables noches oscuras.

Quizás la luz y lo frío y el calor y el equilibrio.

Solo fueran fronteras.

Cuando este cuerpo caminó por primera vez después de otras muchas primeras veces.

Se dibujaron a sus pies las formas para albergarlo.

Se dibujaron las imágenes para constituir la vida en este estadío.

Quizás las cosas se enfriaron de repente, para solidificarse en algo.

Y todo un mundo se endureció con ellas, sobre los pies, bajo los pies, en cualquier dirección solo había paisaje.

Tal vez el árbol ya era eterno antes de ser árbol.

Tal vez las manos del luthier ya sabían cuál era su cometido antes de saber siquiera que eran manos.

Tal vez, este comienzo ya está siendo repetido en alguna parte.

O ya ha sido olvidado en la memoria del tiempo.

Solo sé que desde entonces, puede escucharse en el interior de esta imagen, a veces, tararear a una voz incomprensible, mientras un sonido de herramientas se inicia y el amargo terror de la madera modelada que este canto adormece parece no acabar nunca su trabajo.