
Repite la voz, aun durmiente, sometida al cuerpo de niño.
Repite el eco de la voz, el vibrante estallido de unas palabras.
Repite, porque es su sino repetirse, si no ahora, en cualquier otro cuerpo futuro.
Repite el síntoma de la diástole, de la sístole, del aire oxidador de los cuerpos, del flujo intermitente de la sangre.
Sobre la cama hay muñecos, muchos sin nombre, otros con un nombre de pila ridículo, bastante estúpido incluso para un muñeco.
En algún momento entre los sueños del niño, entre los pliegues inconscientes de su mente, en los lugares inalcanzables de su perímetro, en su fronda última, más allá de todas sus cortezas craneales, algo estalla, momentos antes, segundos, quizás menos, y le despierta el imaginario, le hunde en las pesadillas, pero de un modo diferente al acostumbrado, esta noche decide hacia dónde le llevarán las imágenes, qué sentirá su cuerpo, todo lo que abarca en su imaginario, cae rendido a sus pies, bajo su figura creciente y mágica, poderosa e infinita cuya sombra se expande y en todas direcciones avanza, sin encontrar confín, ni barrera, ni límite.
En algún lugar de este mundo algo se rompe y reordena en la mente de ese ser todavía a medias, de ese casi adulto, inmaduro, y le impulsa rápidamente, le inculca en su proceso una inyección de madurez.
Y a pesar de esto, a pesar de los golpes y las mutilaciones que le llevan, arrancándole de una manera adulta de su Elíseo, crece y se recompone de una manera absolutamente inesperada, medra, soporta el gran cambio, se regenera, florece y entonces es capaz de enfocar las voces de su verdadera inocencia.
El hombre mira su pasado de niño y recuerda.
Sabe que de algún modo a pesar del aprendizaje, a pesar de los retorcimientos, tanto de alma como de personalidad, siempre ha sido afortunado.
En su piel hay muchas caricias, mucho amor hecho voz, de cuentos a duermevela de su madre.
En su cama siempre hubo guardianes peludos, con dientes fieros.
Y es por ello que ahora, en su viaje solitario, elegido así, en algún momento de sus cumbres, ha decidido empezar a contar, a sacar todas las ensoñaciones, a materializar en pergaminos todos los desarrollos de las primeras ideas, de las primeras memorias de su vida.
Tal vez ese es el hombre que ha caminado desiertos, y ha llegado hoy hasta este punto de vigía.
Quizás es él, el que ha enraizado y voluntariamente convertido sus brazos en ramales, dejando que las cadenas se nutran en sus ojos.
Quizás soñó en ser este amparo, este origen del contagio, para los demás hombres.
Quizás su imagen no sirva para nada, y este falso sacrificio sea en vano.
Todo su tiempo perdido en nostalgias pasajeras que borran su nombre.
Pero para él no fue para tanto, porque unos momentos antes de tomar sus determinantes decisiones, se vislumbró como un manantial inagotable.
Entonces todo este ofrecimiento se convirtió en algo mínimo, una gota en la grandeza que había invadido para siempre su espíritu infinito.
Y aceptó, como aceptan las grandes entidades los grandes trabajos, que tal vez nadie nunca recordara nada de todo esto.

