divendres, 19 / octubre / 2007

Por qué este cuento?



Repite la voz, aun durmiente, sometida al cuerpo de niño.

Repite el eco de la voz, el vibrante estallido de unas palabras.

Repite, porque es su sino repetirse, si no ahora, en cualquier otro cuerpo futuro.

Repite el síntoma de la diástole, de la sístole, del aire oxidador de los cuerpos, del flujo intermitente de la sangre.

Sobre la cama hay muñecos, muchos sin nombre, otros con un nombre de pila ridículo, bastante estúpido incluso para un muñeco.

En algún momento entre los sueños del niño, entre los pliegues inconscientes de su mente, en los lugares inalcanzables de su perímetro, en su fronda última, más allá de todas sus cortezas craneales, algo estalla, momentos antes, segundos, quizás menos, y le despierta el imaginario, le hunde en las pesadillas, pero de un modo diferente al acostumbrado, esta noche decide hacia dónde le llevarán las imágenes, qué sentirá su cuerpo, todo lo que abarca en su imaginario, cae rendido a sus pies, bajo su figura creciente y mágica, poderosa e infinita cuya sombra se expande y en todas direcciones avanza, sin encontrar confín, ni barrera, ni límite.

En algún lugar de este mundo algo se rompe y reordena en la mente de ese ser todavía a medias, de ese casi adulto, inmaduro, y le impulsa rápidamente, le inculca en su proceso una inyección de madurez.

Y a pesar de esto, a pesar de los golpes y las mutilaciones que le llevan, arrancándole de una manera adulta de su Elíseo, crece y se recompone de una manera absolutamente inesperada, medra, soporta el gran cambio, se regenera, florece y entonces es capaz de enfocar las voces de su verdadera inocencia.

El hombre mira su pasado de niño y recuerda.

Sabe que de algún modo a pesar del aprendizaje, a pesar de los retorcimientos, tanto de alma como de personalidad, siempre ha sido afortunado.

En su piel hay muchas caricias, mucho amor hecho voz, de cuentos a duermevela de su madre.

En su cama siempre hubo guardianes peludos, con dientes fieros.

Y es por ello que ahora, en su viaje solitario, elegido así, en algún momento de sus cumbres, ha decidido empezar a contar, a sacar todas las ensoñaciones, a materializar en pergaminos todos los desarrollos de las primeras ideas, de las primeras memorias de su vida.

Tal vez ese es el hombre que ha caminado desiertos, y ha llegado hoy hasta este punto de vigía.

Quizás es él, el que ha enraizado y voluntariamente convertido sus brazos en ramales, dejando que las cadenas se nutran en sus ojos.

Quizás soñó en ser este amparo, este origen del contagio, para los demás hombres.

Quizás su imagen no sirva para nada, y este falso sacrificio sea en vano.

Todo su tiempo perdido en nostalgias pasajeras que borran su nombre.

Pero para él no fue para tanto, porque unos momentos antes de tomar sus determinantes decisiones, se vislumbró como un manantial inagotable.

Entonces todo este ofrecimiento se convirtió en algo mínimo, una gota en la grandeza que había invadido para siempre su espíritu infinito.

Y aceptó, como aceptan las grandes entidades los grandes trabajos, que tal vez nadie nunca recordara nada de todo esto.

De la cosmogonía de un mundo imposible.


Seguramente hoy, ninguno de los escritos posibles hablará de la vida o existencia de las marionetas, y en esta negación se encontrarán todas las afirmaciones y ya no podrá ser extinguida la idea de que esto sea contrario y a su vez real.

Tal vez hoy sucedan tantos galimatías que se vuelva imposible soportar el trastorno cuando éstos solidifiquen en la mente.

Quizás es hoy, en este momento crítico que intentan atrapar las letras, cada línea que pasa delante de los ojos con la sola intención de apresar el instante imposible que siempre le lleva ventaja, puede que suceda la necesidad de mirar hacia arriba.

Y entonces se nos inunden los ojos y todo caiga en nosotros, como cae el licor en la copa y la llena y la rebosa durante un tiempo de equilibrio, donde todo se fundamenta en la tensión del aire y el líquido y entonces, algo nos toma, como toma uno la copa y se nos bebe y nos vacía y lo intenso del espíritu de los alcoholes se lanza desde el recorrido hasta el estómago, hacia arriba, para atacar las pituitarias y a través de ellas entrar directamente en la sangre y después en el cerebro.

Como un dardo afilado inmiscuirse en el trabajo de las neuronas y discapacitarlas a todas repentinamente, como un rayo fugaz invisible, como un bisturí eléctrico, como una navaja etérea, hurgando, diseccionando; como un buril que traza un nuevo discurso en la concavidad interna de los cráneos, en el dibujo oficial de las nervaduras de ese órgano con forma de nuez.

El reflejo entonces, de toda la magnitud de un universo se colapsa en el imaginario, se destruye y reinicia, forma nuevas ideas en la forma y el discurso, y se precisa una clave para su comprensión, para su delirio, para el intenso delirio que ahora fecunda al ser absorto en su poderosa imagen cóncava, en su hueco esférico, redimensionado por las reducidas capacidades de la figura que lo observa.

Y aparece entonces la figura de un vigilante, de uno de los faros vivos que a través de sus ojos es atravesado por todas las cadenas que nacen de la luz, y de cada punto luminoso del infinito, y es esta forma humana la que contiene el grito y la palabra en sus labios, porque en su mirada solo hay un acúmulo de líneas doradas incontable.

Su forma se aferra al mundo, su carne se vuelve de acero, sus dedos se hunden en las rocas como si nunca hubieran existido fuera de allí, y todo él se vuelve raíz, toda su flema transmuta en otra cosa.

Y las cadenas son ramas, que contienen el cielo estrellado.

Y el cuerpo es tronco, y el cuello es tronco, y todo lo que él era, es tronco.

Y los dedos y los pies y alguna extremidad están enterrados en la tierra.

Y su cuerpo ya no es cuerpo.

Y ninguna extremidad es nada.

La figura de un árbol se opone como un arrecife, a las corrientes de luz del espacio, y como una red, como un filtro, renueva el mundo, renueva la vida, renueva el color, altera experimental todo lo que hay a su sombra.

De algún modo, el árbol es madre.

El árbol es padre.

Y gesta.

Gesta todo el tiempo.

Y al igual que esta historia, su justificación es tan inaprensible como la necesidad de su existencia, que tal vez es ninguna.

Y una última pregunta flota ahora para siempre, mientras toda la curiosidad se centra momentáneamente en la línea de pasos sobre el cambiante erial mundo, que vienen desde el horizonte hasta el punto donde el árbol culmina.

Y ya el viento, un viento nuevo, que anida en las ramas del inmenso vegetal, borra este atisbo del pasado y del origen, para que nadie resuelva este enigma sin principio.