dimecres, 14 / novembre / 2007

Sobre un salto primero y un posterior vuelo.


Siempre existe el héroe en el imaginario, que trabaja aparte de la propia y dominable autoría.

Aparece de repente, envuelto en un halo de misterio y se filtra, se perpetúa en los escritos, como un salvaje guerrillero que golpea y vuelve invisible a su refugio en las entrañas de cualquier bosque selvático que uno pueda recrear.

Y si no se da uno cuenta, puede que el héroe absorba todo el protagonismo de la historia, porque los héroes son así, es algo inherente a ellos, a su resolución escénica, a su modus operandi, a su leitmotiv, a su trasfondo, en definitiva a aquello que exuda de ellos y por ellos y va contaminando poco a poco la esencia del resto de factores que configuran un cuento.

Si algo de todo esto sucediese en algún momento, no hay que alarmarse innecesariamente, ni sentir que de alguna manera se ha fracasado, es normal que de vez en cuando se cuele uno de estos parásitos en cualquier narración, si no quedaría exenta de riesgo y de peligro.

Al fin y al cabo, el héroe también porta un cruel destino a sus espaldas, en su resumen, siempre al final, le queda irremediablemente la muerte, una muerte casual, heroica a veces (otras no tanto) con la que libera de su peso insoportable a los demás personajes del mundo.

Y su recuerdo de mártir, siempre recarga de valores al resto de sucesos del porvenir, el después se vuelve más claro y se conjuga divergente a partir de ese suceso primordial.

Pero ¿Cómo descubrir un héroe en cualquier ecosistema? ¿De qué modo hay que adentrarse y buscar, levantar piedras, hurgar en agujeros para encontrar a semejante elemento cohesor de la narrativa?

Nada tan complejo e inesperado como una mano que surge del abismo.

Arriba, sobre la montaña de cuerpos, una pequeña figura convaleciente, a la que le falta un brazo, parece no querer detenerse en su avance.

Trepa entre el acúmulo de materia cogiéndose a los ropajes que se deshacen en su pobre intento de mantenerse a flote.

Los hilos que le mantienen unido a su huésped están tensos.

Son visibles a través del agua, que parece resbalar sobre una cadena de cristal a la que dota de consistencia, como si la misma agua tomara forma y un segundo después estuviera precipitándose de nuevo al mar, como temerosa de su atrevimiento.

Allá, en el fondo del agua, en donde ya todo es oscuro, algo forcejea aun.

Algo se enfrenta a un destino diferente del resto.

Primero la mano, después la cabeza, el cuerpo desnudo, las piernas abrazadas a los detritos, en su final intento de resurrección.

Arrancado del lecho marino por una fuerza exterior, que tira, tira con todas sus fuerzas hacia arriba.

Sus ojos eran de un azul oceánico, de onda marina, de fulgente alga, se habían contagiado durante la eternidad sumergida de todos los colores y de ninguno en concreto, pero de poder estar allí observando tan de cerca como ni yo mismo puedo hacerlo, podrían apreciarse todos estos tonos revueltos en la esencia del iris, sobre la pupila rígida, inyectada, con una finalidad más allá de cualquier razón.

La piel estaba protegida en algunos puntos por moluscos perfectamente acomodados, los cabellos asemejaban una maraña de anémonas abiertas, rojas incandescentes, inflamadas por la hemoglobina.

La diminuta figura de madera seguía su ascenso sin mirar atrás.

Sin esperar respuesta alguna de su carga.

Quizás fuera esta la primera vez en que una marioneta tomaba la iniciativa.

Autónoma, revelando una fuerza en su especie más allá de lo probablemente imaginado.

Subiendo, incansable, frenada por el gran peso de su carga.

En la cúspide de su delirio, sobre la mole arrecife de corpúsculos, apenas ya distinguibles como hombre o material.

Una mirada fija.

Un ojo vacío que flotaba dentro de un círculo perfecto.

La contemplaba con una intensidad lejana y próxima.

Y automáticamente, el golpe de un largo palo, hace temblar el montículo.

La vibración se extiende hasta las raíces, sobre las móviles arenas que sustentan aquella improvisada isla.

Entonces el salto, el salto impensable, el salto inesperado, completamente exótico, improvisado, más allá de cualquier probabilidad inmersa en el cuerpo tallado del común muñeco.

La mirada de asombro del vigilante y el aterrizaje sobre el muro, seguido del crujir de una articulación de madera que se rompe.

Un nuevo golpe, más certero que el anterior, golpea las cadenas que se deshacen como leves semillas de diente de león y después polvo.

El cayado en el aire, preparando el golpe fatal, sobre la marioneta que se arrastra, que intenta alcanzar el borde al otro lado.

Un grito. Un cuerpo desnudo. Un vendaval de furia colgado de la espalda del vigilante.

La marioneta cayendo al otro lado. Flotando ingrávida en las corrientes. En un avance sin retorno.

El cuerpo del hombre roto en el suelo.

De alguna manera se levanta como sostenido por invisibles filamentos.

Y del mismo muro parece elevarse un largo bastón que se acomoda en su mano.

Sus ojos se vacían y su paso se vuelve firme, como si no hubiera miedo en su hazaña.

Mientras la marioneta mantiene fija su mirada en el borde del mundo, del que ha sido desprendida.

Donde unos huecos repletos del fulgor de la infinitud de universo, vigilan desde allí, todo el tiempo, su viaje.