
Tras la configuración continua de este mundo, donde conviven, nacen y mueren, hombres, títeres y seres aun por descubrir.
Tras el ocaso de cualquier acción cuyo destino siempre debe ser el mismo.
Tras el estado final de la más degradada de las decadencias.
Tras esto y lo otro, y lo último de todo que acaba.
Parece generarse un augurio, que exista un después frenético, un salvador después que lave todas las conciencias, si es que éstas se generaron en algún momento dentro de nuestro vivero controlado.
Parece, y al parecer todo es apariencia, todo es simetría y en todo hay un otro que recibe y refleja y devuelve.
Cada reacción su homónimo contrario, enfrentado.
Siendo ambas la misma reacción.
La misma reacción.
La misma.
Y más allá lo posterior, como un pozo inagotable de referencias ensoñadas.
Manantial inalcanzable. Lo luego. Lo que ha de llegar. El algo futuro.
Como una estrategia de recurso cuando todo parece haberse perdido.
Cuando los guardianes se cansen de destruir y controlar, cuando los hombres y marionetas se cansen de trepar unos sobre otros para mirar por encima del muro, cuando los viajeros dejen de producir telarañas y crezca el desierto incontrolable sobre los bordes y erosione el muro y los libere, cuando el luthier deje de tallar marionetas y el árbol de producir madera de modo infinito, y el colapso devenga en una realidad no momentánea.
Seguirá siendo el después una opción a todos los terrores.
Y tal vez con este ojo que mira intensamente, podamos parpadear, una sola vez, para expresar nuestra sorpresa.
Justo antes, de precipitarnos, junto con todo lo demás hacia el vacío.
Donde todo lo que ha de llegar espera.
