
Tengo una dulce historia para contarte.
Un cuento imposible, que se quedará pegado entre tus sábanas.
Se rizará en tus cabellos y los volverá flotantes, ingrávidos como hebras de éter.
Tengo una fábula fantástica, un ensueño que se me resbala de la boca, y corre por mi espalda, enredándose, deslizándose, perdiéndose, soñándose a si mismo como una larga sucesión de eslabones adheridos, constantemente girando unos dentro de los otros.
Esta leyenda, este fugaz tesoro medido en unas cuantas letras, en menos frases y poca coherencia, se ha hecho voz después de mucho tiempo aguardando.
Y le he visto, mejor dicho, le he sentido catapultarse, desde un doble fondo oculto que no recuerdo nunca que existe en todas las personas.
Yo narrador, hoy quiero darte algo para siempre.
Este yo narrador que no soy yo, sino otra ilusión que narro desde lo que imagino que debe parecérsele, quiere dejar un legado póstumo en vida.
Quiere romperse en pedazos y repartirse como un buen pastel relleno de también buenas intenciones.
Nada más lejos de la realidad.
La imagen cuenta, la imagen polariza, la imagen elige una concreta manera de referirse a este relato.
Una silla, un objeto concreto, en un espacio concreto, por ejemplo: una nave industrial abandonada.
Sobre su madera crujiente y enferma de infinitud de carcomas, un cuerpo, un hombre, un ser difuso.
En su cabeza, gloriosa cabeza ladeada, una mirada que parece querer extraviar el propio vacío en su linealidad, en su dirección hacia ninguna parte.
Dentro, en su fondo primero, en su forma de nuez grisácea, unas raíces saliendo hacia afuera por cada orificio de su figura tienen su origen y tienen también algún final que desconozco.
Quiero pensar que nada de esto sucede. Que las manos mantienen su frágil simetría de reposo en las rodillas. Que los ojos no caen dormidos. No cae la pose. No se derrumba nada. No soy simple espejo de los miedos, insustituibles miedos por esta propagación de la debilidad.
Quiero tener fuerzas un día más, un tiempo más, indefinido.
Para hacerte un regalo que considero muy importante.
Entonces pretendo levantarme, azuzar el cuerpo, parásito de las enfermedades, pues en ellas se sobreviene, fluctúa y se supera, avanzando a su través.
Quiero voluntariamente tomar las riendas de esta crucial encrucijada.
Me somete un escalofrío.
Me ablanda.
Me deja inerte.
Y me recorre desde el esqueleto hacia afuera.
Un solo golpe.
Una voz creciente viene de lo hondo, arrastrando los gritos.
Su estruendo.
Su proliferación.
Llena de otras voces. De un olor inequívoco a madera recién tallada. A savia desangrada de su leño.
No me salva nadie.
Estoy helado. Abrazando a un diminuto objeto con forma de muñeco.
Estoy desnudo.
En un espacio cerrado, en una bolsa llena de nervaduras, donde apenas hay luz.
Pierdo la noción de narrador, la noción de que hay un lector que existe y me mira.
Pierdo todas las intencionalidades que hay detrás de cada letra que me precede y me invoca.
Sé que quería decir algo que olvido tan rápido como me doy cuenta de que existo.
Sé que alguien ha puesto este eso ahí y este aquél allá.
Que alguno debe mirarme desde algún sitio que ya no puedo ver, y sonríe.
Desencajado por la carcajada, su rostro no se conmueve.
Dejo de saber que escribo.
De saber que esta letra significa esto.
O que aquello cerca de mí es algo que vive.
Sin embargo crece.
Y noto un cosquilleo, como si alguien quisiera apoderarse de mis entrañas.
Miro entre los brazos al ser minúsculo que sostengo.
Me está mirando, aunque puede formar parte de cualquier ilusión.
Es sorprendente a cuántas conclusiones equivocadas puedo llegar jugando con un sencillo muñeco, de cuántas maneras justifico mi existencia dentro de esta maraña de referencias recortables.
Cómo, de algún modo, lo imagino moviéndose, acariciando mi vientre con sus pequeñas manos.
Hasta que caigo en la cuenta de su realidad y la propia.
Y es tan cierto que me acaricia, como que sus ojos sin párpado me observan detenidamente.
Entonces sucede lo obvio, y lo lanzo contra una pared.
Su cuello se parte y las piezas que la componen se esparcen por el suelo irregular, perdiéndose algunas en sus grietas.
Qué frío de repente.
Que convulsión.
Mientras cavo como una bestia una salida, llenándome las uñas de resina, de astillas, de fango y pulpa de gusanos.
Sé que arriba hay otra cosa que me espera.
Que se sorprenderá al verme aparecer tan repentino.
Sin que ningún narrador externo le anuncie mi advenimiento.
Quizás así comience a recordar cómo llegué hasta aquí.
Y qué quise contarte entonces.
Porque me acucia como un pozo hambriento esta responsabilidad de decirte algo que desconozco.
