
Caer, caer, caer, como caen las cosas sin sustento, las cosas reclamadas solo por la gravedad.
Desprenderse de una mano inmensa que nos mantiene en letargo.
Y volverse suicidas sin intención, sin fondo, sin último detalle.
E imaginar que uno no está solo en este precipitarse, y mirar la multitud cayendo junta.
Como una cascada de cuerpos que rugen su incomprensión.
Que rugen palabras inconcretas, palabras abucheadas, sonidos vomitados como un galimatías.
Y cogerse unos a los otros buscando una seguridad que no llega, que no tiene lugar nunca durante este periplo.
Y notar la presión del aire, o del espacio recorrido, porque quizás no haya aire en este suceso.
Y sentir los cuerpos presionándose, tocándose, desgarrándose para estar cada vez más juntos.
Notar el terror pasando a través, creciente como una gran ola, como una deflagración que comienza muy en lo hondo de cada uno.
Y tras el gran alboroto, encontrarse solo de nuevo, cayendo directo en un gran blanco que se extiende desde ti hacia el todo, desde ti hacia el infinito, al menos hasta donde el ojo se pierde.
Y ver como se acerca un pequeño agujero negro, perfectamente redondo.
Y traspasarlo.
Y parar.
Y no caer.
Mientras en el taller, dentro del árbol, una nueva forma se dibuja en las paredes.
Y el luthier recuerda, mirando esa figura encerrada, que debe comenzar de nuevo su trabajo.
