dimecres, 19 / març / 2008

Sobre la cruzada de uno.


La primera mano que vislumbra no es una mano.

Es un terso objeto atesorado, cálido, grande, prominente en su ojo indispuesto.

La primera voz que escucha no es una voz.

Es una salmodia pura, no vertebrada por los significados.

El primer reflejo constante de él mismo, no es el reflejo constante de él mismo.

Es una mirada activa, cercana al desfallecimiento, un iris casi frío, helándose por los temblores, por la oscuridad que se cierne desde dentro de un cuerpo agotado.

El primer abrazo que siente casi asfixiándole, no es un abrazo.

Es la dura muerte que le va apresando, apurando su figura bajo un cuerpo mucho más adulto.

El primer deseo de vivir, de gritar su vida al espacio insondable, el primer acto puro de supervivencia, no es un deseo de vivir, ni de sobrevivirse, es solo un aviso de que nadie puede contener, ni desbaratar este precioso cuerpo nuevo, engendrado en un lugar insólito por todo lo que puede negarse de un plumazo y a su vez afirmarse, tal que una gran paradoja que no puede ser superada.

Porque el lactante hoy vacía los nutrientes de una madre amortajada.

Porque el primer alimento está caliente todavía, pero amarga a cada sorbo.

Porque él, que parece no tener conciencia de que está sucediendo, sabe todo lo que ocurre.

Conoce el ansia del depredador que se ha apoderado de su protectora.

Y comprende una cosa fundamental para su lucha.

Todo debe ser aprendido.

Todo debe ser superado.

Todo debe ser adquirido.

Implementado.

Absorbido.

Incorporado.

Sometido.

Por eso mama con fuerza, y no solo la grasa blanquecina, sino otros fluidos vitales, también indistinguidos en su afán, por su acelerada reacción ante este imprevisto ataque.

Y son los hilos negruzcos que comienzan a anidarse en sus mejillas, intentando penetrar su dura piel, aparentemente mullida y frágil.

Es un cordón negro, una raíz que surge de la ubre, hundiéndose en su tracto digestivo.

En esta grave imagen, la que parece permanecer justo antes de que la oscuridad se cierna hambrienta como una fauce.

Es este delirio visual, este doloroso enfrentamiento con un hijo del hombre en una situación insalvable.

Que se nos queda casi cosido al anverso de los párpados.

Que duele en los sueños durante cada noche a partir de esta.

Y parece que nada nos resuelva el malestar de haber sido sencillamente observadores sin posibilidad de rupturar este estadío que toman los acontecimientos.

Es donde el remolino, en el cristalino estertor de su garganta presa de un poder mayor y más antiguo.

Es donde la fuerza parece desfallecer y el esfuerzo desgarrarle el músculo recién formado.

Es en su plan perfecto, donde todo encaja ahora.

Y su grito es una infinitud de agujas expulsadas hacia afuera, en un sorprendente desafío.

Es el gusano replegándose, temblando en toda su grandeza, huyendo, desangrándose rápido.

Como una sacudida en la noche, como un espasmo en la totalidad de la sombra, replegándose a lugar seguro.

Queda el cuerpo de una mujer, hueco como una carcasa de insecto.

Queda el niño, saciado, grueso, fuerte, que mira hacia arriba, desde este lugar consagrado a la luz de todas las estrellas.

Queda la remota posibilidad de que alguien pase lo suficiente cerca, para percibir que algo le necesita.

Es allí donde alguno parece aminorar la marcha.

Dejar el lastre de su cansada epopeya.

Y recostar su cuerpo junto a este tronco sin copa, hueco de médula.

En el que aparentemente nada parece romper la calma.

Donde yo caminante reposo y dejo de contar esta historia.

Pensando que este sueño no será nunca extinguido.

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