dijous, 15 / maig / 2008

Del largo trayecto hasta el orden.


La mirada perdida en el vaivén lento de unas olas melifluas, casi viscosas.

El ojo perpetuado en el observar cada movimiento retenido un instante más de lo que se piensa y adentrado un tiempo más en lo que se imagina.

El cuerpo como delator de los pequeños cambios exteriores.

Un ser que antes no era esto que ahora es, preguntándose por las efímeras cuestiones de la existencia frente a un mar infinito hecho de algo que hoy no parece agua.

Su mano tiene la forma perpetúa de una garra adentrada en la madera de un largo bastón que atraviesa el suelo.

Su cuerpo, antes completamente humano, ahora tiene en la piel escarificaciones continuas con forma de espiral, como la corteza de un árbol.

Su movimiento es pausado, nunca se detiene, no existe descanso para el vigilante, que mira a través del mundo y su residuo, y nada le impide cruzar distancias insondables a la busca de algo todavía no nacido en el fondo de cualquier universo constante donde haya sido despertado.

Él es una imagen de seguridad en el ámbito finito de las cosas.

Todo se resuelve en él.

Todo se adquiere en su interminable memoria.

Y las cosas no mueren cuando entran en su abasto.

Cuando se archivan en las honduras de su cuerpo traviesamente remodelado por un artesano que nadie sabe si alguna vez existió.

Hablar de su acción y de su fin no es tarea fácil.

Comunicarle de una manera concreta, decir incluso su nombre, no sirve de nada.

Pues ahora, de un tiempo a esta parte, parece que no tenga lugar su existencia.

Y que poco a poco se le haya ido relegando a tareas mucho menos importantes que la de la vigilancia desde el muro, con los ojos de acero protegidos de la radiación estelar ya vagos, casi inútiles, acostumbrados a mirar demasiado cerca, tanto que el vértigo parece ser lo que le hace moverse con esta inesperada lentitud, parsimonia y desgana.

De todos modos en él subyace, a pesar de todo, una intención que se escapa incluso a los demiurgos que le originaron en un principio.

Algo nunca termina en el guardián, incluso los sueños que aparentemente inofensivos se guardan en la mente de un niño lejano protegido en los fondos, tienen un lugar privilegiado en su idea de camino, en su tarea siempre inacabada.

Nadie sabe en qué momento el ser se desviste, arrancando su larga toga mineral, salina.

Nadie conoce el lugar que le llama con una intensidad abrasiva, insoportable.

Pero el paso ha sido dado.

El camino se ha abierto.

Y aun a pesar de la lenta resonancia del eco de sus andares, podemos formular de nuevo, podemos inventar de nuevo, como él inventa.

Puesto que hasta aquí hemos llegado, en esta extraña compenetración intrusiva de la que no hay que desprenderse, con el ansia rezumando tremendas fuerzas fundidas en el deseo originado por lo desconocido, acompañaremos sin desfallecer al libertado guardián, en su nuevo objetivo aun no consciente.

Llegado el momento entonces, ninguno de los anteriores trabalenguas nos serán de alguna ayuda.

Ningún giro del lenguaje nos separará de la veracidad de este momento consumado.

Donde el ojo férreo, casi inoperante, será vulnerable a una luz no existente.

Y entonces la clara manifestación de una nueva historia digna de ser contada, tendrá lugar en el final de nuestro recorrido.

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