dimecres 29 d’octubre de 2008

Sobre el espectro de ninguno.


Tras los debacles, tras los intensos acontecimientos, se sucede una larga pausa en toda travesía.

Hay que dejar pasar las estaciones, los meses, los días, las horas, los minutos, los segundos, los instantes, como si se tratara de un divertimento politicamente incorrecto esto de contar el tránsito de cada lapso, de cada latido.

Disfrutar el espacio que hay entre una respiración y la siguiente.

Sentir la profunda revelación de no saberse necesario para que el cuento termine.

En el centro de esta rara situación.

En su acontecer tan certero.

En su suceso irrevelado.

Descubrir los laberintos dentro del laberinto, bajo la mirada externa perdida en pasillos interminables, en giros interminables, en infinitas esquinas desesperanzadoras, tras las que solo hay más y más camino que recorrer.

Saberse capaz de encontrar la salida, no físicamente, quizás porque ya no le quedan fuerzas.

Pero entender de algún modo la manera de resolver el enigma sin escapar a su trampa.

Contagiarse de libertad el músculo y el hueso antes de que sea siquiera posible.

Poder en un acto de rebeldía, arrancarse el ojo, lanzarlo afuera, lejos, sobre las murallas.

Dejar el cuerpo perdido, irremisiblemente encajado como una piedra más de estos muros, pero obtener una vista panorámica final, última, con los extravagantes retazos de voluntad todavía invictos.

Verse capaz de andar todavía muchas de esas marañas temporales que hoy has decidido dejar pasar.

Pero permanecer inactivo, inmóvil.

Como un cíclope encaprichado y absorto en otras obsesiones.

Como un ser consciente de cada pérdida irretornable en cada esfuerzo, que busca autoconservarse.

Como un luchador que deja atrás su espíritu combativo, para sentir todo lo que no ha tenido en cuenta durante la intensidad de la batalla.

Esto sucede en algún lugar que parece inalcanzable.

Tras una frontera que instaura un mito de irresolubilidad.

Bajo capas y capas de sutiles engaños metafóricos.

Cada imagen se torna un símbolo.

Cada sueño de ese hombre se traslada sobre un lienzo.

Sus manos dibujan infinitos vocablos, frases inventadas, trazan señales con una esperanza vacía.

Sus dedos dejan extraños surcos sobre el polvo, discontínuas líneas sobre las paredes.

Sus huellas solo añaden un poco más de incógnita sobre si existirá un regreso, o sí él mismo sabrá descifrar sus propias marcas según este código inventado.

La suerte está echada, el camino no se bifurca a pesar de los recodos, de las estrategias propias de un laberinto.

El camino es.

Su abismo se encuentra siempre hambriendo de cuerpos que lo tracen de nuevo, que corten el aire que contiene sobre su diseño.

Que le hagan cosquillas con sus zancadas.

Que modifiquen su escena.

Que alguien le confiera algo de interés en su incondicional espera.

Otorgándose un valor viviente que nadie más comparte, así observa a los viajeros con un ojo sumergido en los guijarros.

Con su tacto contaminando las plantas que acarician los ropajes levemente.

Con su sabor escondido en la arena, que se hunde receptiva al peso de los trashumantes, deleitándose con su carga.

El hombre y su camino como dos grandes titanes enfrentados.

Aparecen el uno en la mente del otro.

Y ambos son imposibles sueños de ellos mismos en su contrariedad.

Ahora, el hombre, es solo una cáscara vacía.

Su voluntad se ha perdido en la visión de lo que es inalcanzable.

Ha abandonado su poder, su voluntad de escapar, de superarse.

El camino, se siente a su vez poderoso, imbatible; le acoge, deja que su momia quede flotando en su arcén, acunada en su depresión.

Transforma al hombre en un apunte.

En un desgastado y deforme títere.

El hombre a su vez se deja, permite que esto suceda y se siente amable y dispuesto a servir.

Ahora nada le incomoda.

Nada le duele.

El laberinto puede alzarse kilómetros hacia lo alto.

Ocultar el sol.

Ocultar toda esperanza de resolución.

Él ha descubierto que és libre en su carencia de libertad.

No ha hollado una vía.

Ni siquiera su imaginario le salva esta vez, ni la siguiente, ni ninguna de todas las veces que se ha despertado sudoroso, preso de la pesadilla, imaginando que ya no estaba allí.

Que llegaría el día en que las cosas se verían verdaderamentre truncadas, alteradas en lo fundamental.

No sucede.

No sucede jamás para él.

Mientras una mirada aérea se expande hacia los cielos.

Una visión superior se lanza hacia las alturas y tiene la claridad inmersa en su fondo.

Quizás es él.

Su último intento.

O el propio camino, en un cruel esquema, mostrándole la vía que jamás habrá de recorrer.

Quizás solo es el juego póstumo, como el del gato y el ratón.

Una broma final, como intentando rubricar una relación fallida o demasiado intensa, que clama su acabarse.

O tal vez solo, algo resultante, ausente a todo lo anterior.

Que sucede porque no sabe que no es posible que suceda.

Y toma está forma que nos impulsa y arrastra a una visión panorámica e inmensa.

Antes de desaparecer lejos de este horizonte.

Antes de vagar para siempre en una razonable pérdida necesaria, donde no busca encontrar nada, donde todo será encuentro, donde nadie le espera y por lo que será bien recibido, al margen de todos los desenlaces que jamás pude imaginar.

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