
Si en la rubrica final de este escrito, pudiera decirse y no pudiera, a voz en grito, a grito pelado, o a eco de grito lanzado en la cantera, qué verdad atormenta al hombre maniatado que dormita bajo las arenas.
Si se pudiera gritar su nombre.
Expresar lo indescriptible que todavía emana desde los bordes.
Mostrar el límite de las cosas que el tiempo mastica.
Enseñar su paso ligero por este conjunto de memorias.
Éste no sería su relato póstumo.
Sería mi relato póstumo sobre la póstuma imagen que de él resguardo, escondo y manifiestamente manipulo.
Éste no sería, no sería ninguno de los posibles entornos.
Éste no alcanzaría jamás su lugar en ninguna parte, lejos de nadie, al alcance de nada, solo se trataría de un amontonar las frases sin coherencia alguna.
¡Decir que esto es la voluntad de alguien que ya no existe es atreverse a tanto!
Y sin lugar a dudas esto es así, el resto o ser que rubrica las líneas no es ya el mismo que las empezó, ni será el mismo que las acabará.
Ni tú lector, serás ahora como después y nunca más volverás a ser como antes, no un antes concreto, sino un cualquier antes de ahora, cualquiera de ellos, sin hacer discriminaciones.
Sin explicaciones, hemos llegado a conocernos, a perdernos juntos en este erial intransitable de la imaginación.
Y este cuento inacabado siempre, inabarcable siempre, se mantiene invicto y se reproduce a expensas de toda nuestra energía.
Se alimenta de nostros, de un pasado que no podemos argumentar que nos pertenezca.
Sus letras perduran, y se transforman en lema final, en biografía de un supuesto alguien que nunca se nos dió la oportunidad de conocer.
Quizás empieza con un érase una vez, o un entonces sucedió, o en un lugar lejano muy lejano.
Quizás empieza con cualquiera de las opciones posibles o cualquiera de los correctos utensilios de los que se sirve una buena narración.
Quizás todo forma parte de un principio que nos sobrepasa en antigüedad y sencillez.
Llegar a este conocimiento de invisibilidad entre las letras de nuestras narraciones.
Saberse siervo del texto, de sus letras, como un simple foco de tránsito, un intermitente parpadeo que se desentrama en forma de frases e incoherencias, coherencias y leyes, estratos sobre los estratos y bajo los estratos.
Como un pastel que jamás puede llegar a repartirse.
Y es aquí, en este punto donde tu y yo nos causamos como simples promotores de un ejercicio y un accidente.
Donde se pierde la importancia o el valor de la creación, solo recicladores de letras que ya existían.
Solo músculos y nervios y una sucesión de descargas eléctricas con una finalidad concreta.
Como transportes de algo superior e infinitamente más insignificante.
Y a pesar de esta gran espiral que engulle todo este esfuerzo, un algo brillante.
Un motor invisible e inalcanzado, intocado.
Que subyace a las letras, a los significados, a los símbolos, a los lugares, a las descripciones.
Un instante de luz sin filtros.
Un primer esbozo que nunca termina su trazo.
Un juego perpétuo en el horizonte o límite de las cosas o en su origen, a su vez en todo.
Es aquí donde sucede que el relato se sustenta a pesar de lo nuestro, pero sin lo nuestro.
Finalmente devorado, reconvertido, en una nueva realidad de ausencia, donde todo es ofrenda y sacrificio.
Donde uno puede dejar de ser sin perder nada.
Donde uno puede dejar de ser obteniéndolo todo.
Cuando se contenta uno con esta prolongación, con este efusivo abrazo.
Donde ya no puede permitirse el lujo de pertencer a ninguna especie.
Donde su nombre incluso pierde el valor de nombrarle, el valor de reconocerle.
De otorgarle ningún otro mérito que éste.
El de saberse desaparecido, oculto, de algún misterioso modo transportado, bajo el aliento que late intensamente, bajo la sombra perpétua del algo escrito que no puede ser sencillamente expresado.
Sino que obedece a otra lengua que se descubre, que se comprende, de un modo ininteligible, pero certero.
Y permanece, mucho más que cualquier voz cargada de razón.
Y perdura en los huesos de los hombres, más allá incluso de cualesquiera existencias preestablecidas, reconocidas en el seno estas sociedades.
Donde alguna vez todos pasamos por tres grandes mutaciones: sombras, marionetas y hombres.
Sin saber nunca en que fase pasaremos a la historia.
O cuando empezará a escribirse el relato último que nos lleve en el eterno retorno a la memoria.
Donde no importará quienes fuimos nosotros.
Sino quienes serán ellos, todos los que beberán la savia rezumante de todas estas ensoñaciones.
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