
Nadie le ve.
Él no se esconde.
Ninguno le recuerda, ni le retendrá futuro en ninguna narrativa.
Nadie le mira, no puede mirarle nadie.
Su cuerpo se rodea de una vasta arena amarilla que se apresura a ocultar los surcos que dejan sus apéndices.
Su cuerpo, todavía inmenso, vasto como el de un titan.
Su sombra, alargada y múltiple, le rodea como una escuadra de guardianes.
El sol arriba, su mirada fija de ojo vertical, le contempla indiferente.
Remolinos en la arena, como si el subsuelo intentara levantarse, cubrirle, mantener su extrañeza oculta un poco más.
Voces, ecos y susurros, surgen de las oscuras repeticiones bajo su mole.
Siseantes preludios de que algo acontece.
De que algo no tiene cabida y supera cualquier pronóstico.
Pero si nosotros dispusiéramos a nuestro antojo de un ojo capaz de atravesar estas columnas incesantes de ardiente amarillo.
Si deseáramos atravesar su barrera, su límite, para adentrarnos en la maravilla.
Si nuestra decisión obedece a algo más que la simple y curiosa intención de mirar.
Si nuestro designio va más lejos, hacia el desentramar la realidad última, satisfacer no solo lo corpóreo o la capa más superficial de nuestra inteligencia, sino ahondar en la huella de nuestro espíritu.
Quizás podamos desprendernos de esta corporalidad de hombres, dejar caer nuestros brazos como sueltos, blandos, sin vida.
Dar un paso en cualquier dirección y saber que es la correcta, porque es esa determinación, ese deseo cumplido lo que nos completa y abasta.
Son hojas, son ramas, son uniones, son raíces, son frutos y semillas y una voz que grita entre el rugido del huracán.
Son pedazos que surgen de una puerta entreabierta, manos, pies, torsos, diminutas cabezas humanoides cuyos ojos pintados parecen sorprendidos (y tal vez alegres) de verse precipitados afuera, al centro de la vorágine elemental.
Dentro alguien persevera en su gemido, mientras la puerta se astilla, salta de sus goznes y es tragada entera, convertida en pulpa y en astilla por la poderosa abrasión de las arenas danzantes.
Durante un segundo, cuando la madera pretende cerrarse, hacer desaparecer la herida otrora la entrada a sus espacios más íntimos, una mano surge de lo oscuro, y un cincel se clava una y otra vez sobre los bordes mutantes de este hueco.
Le duele, pero el dolor no es nada.
Su cuerpo avanza hacia algo último.
Nada le detiene.
No escucha los gritos del hombre que atrapa en sus entrañas.
No lucha contra la defensa feroz que éste realiza por sobrevivirse.
Sabe que gana.
Sabe que no hay opción mas que ésta.
Que no hay otro camino, ni consideración posibles.
El hombre se agota, sus manos atenazadas por un leño que se funde, dejan caer estilete y cincel.
Su voz deja de escucharse.
Aunque retumba, por poco tiempo, en alguna estancia comprimida que pretende usar como postrer refugio.
Queda la nada, el árbol reduciéndose, como regresando a su inicial estado de semilla.
Pasa por todas sus formas, empequeñece drásticamente su copa, su maraña de ramas y pierde las hojas, que le rodean también dando un toque de verdor al dorado intenso del aire.
Por un momento, su escorzo recuerda a una marioneta tallada en madera, pero conservando los nudos, conservando parte de planta, en un intermedio híbrido, entre sangre y savia.
Aquí el dolor se transforma en otra cosa.
Los nervios y la sangre, músculos y huesos, antes inexistentes, se destilan de las fibras, de las resinas, de la clorofila y los conductos bajo la corteza.
Todo se aminora.
Todo se ablanda.
Y aparece la piel, primero oscura, luego se desprende como ceniza a pedazos, absorbida por el vendaval, quedando apenas algo más clara, suave, humana.
Pausa.
Imagina las columnas de arena detenidas.
Tu posibilidad de observar cada grano, cada cara de cada cubo de cada mínimo grano de arena.
Él, quien quiera que sea, permanece agotado en el centro de todo.
En el centro de una gran columna de dorados reflejos que se pierde en lo alto.
Las sombras se han empequeñecido, mínimas se esconden a sus pies, y a pesar de la incipiente quietud, parecen vibrar, como ausentes a esta ley que acaba de acontecer.
A su lado, un cincel y un estilete brillan con intensidad a la luz perpendicular que parece haber solidificado sus rayos.
Hasta aquí nuestro poder de mirada.
Hasta aquí nuestra intención es suficiente.
Hasta aquí llegamos con el aliento casi invisible, contenido.
Hasta aquí.
La luz ya no nos acompañará.
Por hoy ha sido esto lo posible.
Ahora permaneceremos ciegos un poco más.
Un tiempo necesario de reflexión y suspenso.
Y ordenaremos en el fondo de nuestra conciencia todas las imágenes.
Las guardaremos como un ambiguo tesoro sin valor aparente.
Y exprimiremos nuestras grandes dotes de paciencia, hasta que el poder despierte de nuevo y nos permita, aunque sea durante una eternidad hecha de segundos, vislumbrar el desenlace de esta última fracción de profecía inesperada.
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