Un impás en el tiempo produce una burbuja de esperas y rescates.
Un justo camino de balanzas y desenlaces.
Un mundo de luz no es posible sin las sombras y las sombras apenas son nada sin un candil que las modele.
Su sombra era larga e incompleta, se perdía a lo lejos, no cubría nada, no formaba ninguna silueta.
Era una sombra recortada, una sombra dibujada, un pozo insalvable con forma de hombre.
Su esquema lo turbaba, lo dejaba ciego al mirar su horizontal amenaza.
Le sumía la mente en un embozo, la sumergía en una pecera redonda, atrapada en su imagen retratada en la cóncava superficie de espejo.
Su cuerpo era todavía de madera.
Su alma de árbol había tomado todos los recovecos de su ser y luchaba intensa con su contínuo avance de raíz por cada milímetro, negándose a ser astilla, a desaparecer sin más, a ser sustituida por el hombre que renace.
En apariencia nada sucede, no hay cambios en su figura estática, totalmente inmóvil.
En apariencia parece haberse quedado prendado del horizonte, de su lejana y poética meta.
Pero esta imagen tranquila nada tiene de real; aunque pudiéramos destrozarla, con nuestros cálidos dedos arañar la carne, arrancarle los ojos para hacerle despertar.
No ha habido mayor guerra que esta.
Ni mayor combate sin cuartel por la supervivencia.
Aquí las imágenes de todo un universo se estrellan contra la mente del hombre.
Su pobre capacidad no es suficiente, su inmadurez no es suficiente, su alma, infantil todavía, de especie nueva, de simple accidente sobre el mundo, no es suficiente.
El alma vieja, la mente antigua, el poderoso nervio bañado en clorofila, tiene tatuadas miles de imágenes, billones de vidas de hombres que ha compartido.
Y las lanza contra el diminuto neonato.
Lo pretende aplastar con rama afilada, hoja de acanto, espina de acacia, con su raíz central, poderosa como una torre, imparable como la aguja que atraviesa el algodón.
El hombre, solo tiene su miedo; pero hace tanto que lo desconoce, que solo ha sido instrumento, que su carne fue utilizada para causar el estrago, el comienzo y también el final de este mundo modelado.
Siente como algo bulle en su entraña, recuerda esta sensación desde un punto acorazado de su memoria, sabe que algo no debe suceder, que no quiere sumirse en la oscuridad otro eón, otra era de evoluciones más allá de su sencilla capacidad de entender las cosas.
Sabe de la semilla que está gestándose en algún lugar interno, en un punto insondable, doloroso, quizás en un órgano insustituible, en un lugar protegido que atenta contra su convicción de mantenerse con vida.
El alma arbórea se propaga, domina su fuente, chupa su energía con la intención de reproducirse y restaurarse una vez más, al margen de este accidental estado de retorno.
Forma una semilla, una luz concentrada en el lugar más vulnerable, esperando que nada pueda dañar su plan, su orden, su refugio.
Pero esta historia ya ha decidido un final, los acontecimientos arrastran a ambos antagonistas hacia un inevitable desenlace.
Como una esfera que rueda por la pendiente hasta el precipicio, y nada la detiene, nada la frena, ineludible su avance es cuestión de tiempo, su caída nada tiene de evitable, todo forma parte de una necesidad de las fuerzas por suceder.
Su protagonismo es vano.
Su conflicto no es nada.
Su intención no va más lejos.
No profundiza en sus almas.
No deja un surco, ni un aprendizaje mucho más allá.
Nada empieza ni termina.
Solo el accidental encuentro de algo que fue manipulado antes, mucho antes, por algo indescrito.
Solo el juego llegando al desenlace.
Solo la histórica sucesión de algo que se extingue.
Solo el ojo, su mirada perpendicular hacia abajo, observa dos instrumentos afilados; estilete y cincel brillan con una intensidad extraña, un halo los envuelve, pero solo a los ojos de la desesperación.
El dolor es sublimado, se pierde al igual que el miedo, por el desuso.
Las manos se extienden hacia abajo, lanzan los dedos al encuentro de la madera y el acero.
El alma árbol comprende todo, entiende demasiado, y se colapsa durante un inacabable espacio de tiempo.
El hombre actúa, según estaba escrito.
Algo se propaga, como una vibración bajo la arena, como escalofrío que despierta al mundo de un letargo necesario.
El cuerpo siente, pero su encuentro con el afilado acero no es considerado dañino.
La carne penetrada, cortada, hendida, no sufre.
Los iris dilatándose, el aire pesado en los pulmones, los nervios tensos por su ruptura, no sienten que algo termina.
No entienden la extinción como algo rasgado y violento.
Solo existe paz entre los contendientes, que mueren, se desdibujan debajo de un cuerpo y su constante rictus.
Durante un tiempo, todo parece dispuesto como una trágica escena.
La sombra del hombre erguido se retrae bajo él, como un animal asustado.
La arena quieta, sin viento que la mese.
Y un segundo más tarde, algo parece husmear el aire.
Un remolino se forma bajo el cuerpo recogido como un feto.
Y lo hunde hacia abajo, lo cubre delicadamente con su fina mortaja de suaves granos.
Debajo, allá, en lo más profundo, una máquina parece ponerse en marcha, como un motor eléctrico que chisporrotea para después mantener silencioso una corriente que se propaga, encendiendo las luces de interminables pasillos.
Un sarcófago circular contiene en su interior al hombre, su corazón atravesado por las herramientas, late todavía débil pero vivo.
Una sala al fondo, una multitud de cables surgidos de cada una de sus paredes.
La puerta cerrándose como si nunca hubiera existido.
El sonido de máquinas y motores trabajando silenciosamente.
Como un rumor mínimo.
Realizando quien sabe qué operaciones, para recuperar tal vez la semilla y recomenzar el ciclo, en otro lugar, donde ya se haya perdido la memoria de cualquier pasado parecido.
Donde todo vuelva a formar parte de un plan inescrutable.
Más allá de sociedades, sombras y su insospechado desenlace.
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