diumenge 16 de novembre de 2008

Sobre el lugar donde despierto.


Una estancia tranquila no es una estancia segura.

Una estancia tranquila dentro de una casa tranquila, no es una estancia segura.

Una estancia tranquila dentro de una casa tranquila, rodeadas ambas por un tranquilo jardín, no adquieren el significado estricto de lo seguro.

Una estancia tranquila no es aquello que imaginas mientras observas a tu alrededor una quietud que mantiene el polvo ingrávido.

Una estancia tranquila es un cepo, es un peligro, es una trampa.

Donde el tiempo parece que no pase.

Donde las distancias son siempre las mismas.

Un lugar donde las cosas adquieren los dones de la melaza y la goma arábiga.

Y tienden a pegarse a tus extremos, a los retazos últimos de tu sombra cortada en las esquinas.

Un hombre tranquilo en una estancia tranquila, en el centro de una casa tranquila, rodeado por un jardín tranquilo, repleto de objetos tranquilos, sosegados, estáticos como el polvo que flota inamovible en ese espacio tranquilo, no es un hombre tranquilo.

Es un hombre atrapado.

Es un hombre atado.

Es una reliquia de hombre.

Es un ser apacible.

Un ser salvado.

Un ser incólume.

Virgen.

Intocado.

Es un hombre necesario.

Los oscuros rincones, las zonas invisibles, no alarman a nadie.

No parecen hacer nada, encubrir nada.

No vagan a la deriva, por eso nadie los tiene en cuenta.

Los lugares donde se acumula el polvo, donde las pelusas se asientan, no parecen enseñar dientes, ni tener uñas largas y afiladas.

Ninguno los piensa cuando el sonido de miles de alborotadores retoños excavan la madera.

Ninguno los deduce cuando los gritos de los insectos se amontonan en sus aristas.

Ninguno tiembla por todo lo que allí ha ido creciendo, año tras año, alimentado de los restos mortales de nuestra propia disolución.

Igual que los rincones, la casa, el pasillo, la habitación, la apacible ventana, la humilde visión de los cipreses de un cementerio próximo, el aroma de los campos, el sonido de los vehículos, todos tienen una apariencia tranquila asentados en su puesto.

Igual que las cosas imperecederas.

Todas causan ese impacto de paz.

De grandeza.

De arrastre al pasado, donde anclan la imaginación a las resonancias de un mundo extinguido.

Las cosas imperecederas y tranquilas no son seguras.

Son trampas, son espejos, son terribles focos de verdad que debes temer.

Son tu memoria, tu mano excavando la tierra, tu dedo rozando el cráneo del olvido en una fosa común que no es tranquila, pero que con toda seguridad es inexpugnable a tu razón, inexpugnable a tu excusa.

Es más segura que todas tus estancias, todas tus casas, todos tus jardines, todas tus cosas pegadas en la espalda.

Porque en su criptograma se revela algo que no puede evitarse.

Porque tu vacío se llena insaciable de preguntas, de preguntas y más preguntas que no hallan respuesta.

Solo soy consciente de esto.

La concreción de mis actos solo obedece a esta cosa.

Y me dejo llevar por su silenciosa comodidad.

En el centro de esta habitación tranquila inmune a las preguntas.

Inmune a los errores.

Inmune a todo, lo que me permite ser inmune a todo lo que no me permitiría serlo.

Configuro ahora un espacio entre mi imagen de falsa tranquilidad y la realidad más absoluta y fría.

Durante ese lapso vomito miles de extrañas fantasías y cubro con una espesa capa de galimatías cualquier visión que intente traspasar esos dominios.

Soy el hombre tranquilo.

El hombre paciente.

El hombre pacífico.

Y empiezo a perder la noción de mi mismo.

A volverme cada vez más de humo y menos de carne.

A dibujarme solo cuando una luz de esta estancia me vincula de nuevo con las leyes de la física.

Pero mientras tanto.

Aquí donde recuerdo haber despertado tantas veces.

Hago todo lo posible por volver a mis sueños.

A todas mis fantasías las reclamo para guarecer este contexto.

Donde todo es orden tranquilo.

Meditabundo orden de biblioteca.

Que ya hace mucho que se ha ido calando en lo hondo de los huesos.

En lo blando de esta condición de presidio que acepté desde aquel entonces.

Cuando todavía no hubo sucedido nada.

Cuando tenía el tiempo y todas las posibilidades, justo antes del miedo.

Un extraño terror que me reconforta.

Y me hace mirar hacia el horizonte de esta pared.

Hacia las esquinas repletas de polvo.

Hacia los insectos que corretean bajo el papel pintado.

Y es su sola presencia en mi entorno, salvaguarda.

Es su sola intención de proliferar aquí, en este mural tranquilo, de cosas abultadas, de cosas amontonadas, la que me hace consentir que tenga lugar ahora.

Que tenga lugar siempre, esta decisión tranquila que consiste en permanecer en una estancia tranquila, en el centro de una casa tranquila, rodeado todo de un tranquilo jardín, habitados por un solo y cierto peligro:

Las dudas.

Que siempre encuentran el justo lugar para entrometerse, más allá de todas las capas de tranquilidad tras las que te quisiste esconder.

Todavía débil hombre en tu presidio.

1 comentaris:

Anònim ha dit...

M'agrada este post, està tractat d'un mode tranquil...