
Así que dime. ¿Habías visto antes una máquina como ésta?
Como un plan susurrado en el oscuro tránsito de la noche.
Bajo los adoquines, en algún lugar oculto a la vista corriente.
Más allá de las raíces de las ciudades.
Dos hombres o uno hablando a una silueta, o una sombra que parece emitir la voz sobre una figura humana.
Estas eran las posibilidades que el ojo nos permitía hoy.
Estas serán las verdades con las que tejeremos el sueño desde ahora.
Una sola voz transmitiéndose en un túnel de vagos contornos.
Su eco, como una aguja que enhebra todos los oídos, todas las mentes.
Dirige todas las miradas hacia adentro a la búsqueda de este lugar en el recuerdo o en la baraja polifacética del imaginario.
Nosotros en su corriente, nos concentramos en no perder la pista.
En no augurar final para su suceso.
Para extinguirnos en su continuidad como fieras a punto de colapsarse de hambre.
Seguimos en esta persecución, nos abalanzamos unos sobre otros, rompiendo los cuerpos de los anteriores, apoyando nuestras garras en sus órganos, utilizando sus columnas como una escalinata para llegar, durante un segundo, a lo más alto.
Antes de ser nosotros mismos descuartizados.
Convertidos en un mero peldaño para quien nos sigue.
Llegar entonces a una bifurcación, a un camino donde todos los ecos perdidos se remueven como un vórtice de cacofonías.
Alcanzar entonces el lugar preciso donde la decisión causa el estrago y el avance invisible del miedo en los tendones.
Pensar, iniciar el pensamiento como una válvula de escape que se mastica a si misma para obtener un poco más de combustible.
Quedarse junto con los ecos, convertido en una palabra, en muchas palabras que brotan infinitas de la mente aterrada, formulando barreras de fantástica proliferación.
Y ver los cuerpos amontonándose en un montículo de brazos y otros miembros entrelazados.
Y sentir como cae la ficción de nuestro entorno.
Los túneles deshaciéndose desde su final hacia nosotros, como un papel que se quema y cae hacia ninguna parte.
Ver con nuestra mirada fija, con nuestro ojo repentinamente congelado.
Ver con todos los ojos, con la perspectiva de cientos de seres dejados caer de cualquier manera.
Un árbol, un principio de desierto.
Una mancha borrosa que se abalanza sobre nosotros.
Y el sonido de la madera recolocándose en imposibles posturas.
La perspectiva multitudinaria cambiando en un golpe seco.
El silencio, el viento, extrañas sombras rodeándonos.
Y un dolor permanente, agudo, en cada unión de cada uno de nuestros apéndices, precisamente tallados a imagen y semejanza de otros, que vagamente se extinguen en nuestra devastada memoria hecha de serrín.
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