
Dije sobre esta piel, sobre su línea y su frontera intraspasable.
Dije palabras invisibles y apliqué caricias sin desfallecer.
Vertí la vida, la deje correr sobre tu hombro, despeñarse por la escalera y más abajo, caer, en un rellano donde apenas había luz.
Escuché a los insectos propagar un repiqueteo constante con sus patas, les sentí ascender, subir desde lo profundo a indagar qué era aquello que había caído allí.
Rodeada, olida, mordisqueada, infectada, abatida, esta era la vida que perdía después de un tiempo de famélica añoranza de reencuentros.
Esto era aquello que pudo ser y nunca fue, aquello que es tan solo en lo intacto e imaginado.
Este era el sueño, la parte inalcanzable de la otra parte que nunca llegué a tocar.
Este fue el momento para todas las cosas y para ninguna.
Aquí, en este lugar donde yace el cuerpo y solo queda dejarse entumecer por el frío.
Una continuación de voces y susurrantes imágenes borrosas danzan a nuestro alrededor.
Quizás perdemos la orientación, el sentido del gusto y se nos anudan las manos como muñones sin tacto.
Quizás la lengua se deshilacha en sus fibras y desaparece junto con pituitarias y nervios.
Quizás los ojos estallan convirtiéndose en raíces que descienden todo el rostro y más allá alcanzan un firme suelo donde la cabeza es obligada a enterrarse, el tronco a volverse en la forma de un roble y nuestros alocados apéndices descuajaringados como ramas obsoletas de esta nueva forma vegetal.
Y tal vez esto no sucede nunca, solo forma parte de un mito, de una imagen de retorno y restauración que debe sucederse o que ya ha sucedido, y su poderoso llamamiento es ineludible.
Su voz tranquila, su canto de llamada, su estrangulante obligación, su estrecha agrupación de leyes y transcursos, se filtra en nosotros a pesar de cualquier resistencia.
Puedas ser tú, o la imagen tetraédrica que formo con tus esquinas.
Pueda ser una pulsión que regresa con su golpe certero.
Un intento de apiadarnos de nuestra propia naturaleza débil y sencilla.
Una prueba que solo tiene espacio en este rumbo inverosímil que toman las ensoñaciones.
Pero antes, mucho antes, recuerdo que era un hombre.
Recuerdo que las cosas no tenían este forma extraña y circunfleja.
De vuelta, sin trayectoria.
Solo justo ese momento antes de cruzar el umbral del portón de esa agrupación de elementos llamado hogar.
Esa sensación imposible de definir en que tantas cosas cruzan mente, músculo y ordenan el silencio de una manera tan especial que quisieras repetir y repetir su suceso, más ya se ha ido, estás aquí o allí, solo estás.
Es por eso que quise llamarlo el punto y aparte de este sueño.
Seguramente con esta voz que no es mía.
Intentando contagiar algo de esta enfermedad terminal de espiral y simetría, de bucle y desahucio.
Pensé en solo un cuerpo, en el momento último de algo, como un desencuentro, como una ruptura, como el desastre del amor, contínuo e insoportable, que no se recupera.
Pensé en decir con palabras todas las cosas que no supe decir.
Y entonces las palabras se revelaron como un pozo de hondura insoportable y maléfica.
Jugaron conmigo tanto como yo jugué con ellas.
Incluso más.
Y me perdieron en sus intransitables laberintos a la búsqueda de un imposible relato.
Fui casi obligado.
Casi lanzado.
Casi muerto.
Por sus líneas grotescas formando un estrecho traje sobre mi piel transformada en una última página.
Por su recíproco vacío.
Quise entregaros algo y sonsacar alguna cosa de esta vitalidad inservible dejada entre los verbos.
Quise alterar algunos órdenes, modificar algunas de vuestras concepciones y ver que sucedía.
Las palabras me dejaron, no forcé nada, solo sucedió.
Ellas estaban allí, justo en el momento en que sucede este escrito.
Después se fueron, solo dejaron su carcasa sobre el blanco.
Su fondo, las imágenes que las atrajeron, su verdadero fondo que alguna vez fui capaz de vislumbrar, apenas dejaba su estela sobre su aroma inconcluso.
Y yo, igual que vosotros, me convertía en un husmeador, un devorador, un manipulador, un transformador de esta relación invisible que tenemos con cada letra, con cada punto y aparte, primero y último.
Los insectos seguían mordiendo, tu piel siguió ofreciéndome tan solo distancia, todo el esfuerzo cayendo, desperdigándose sobre el suelo frío, constantemente helado.
El punto y aparte como un barranco.
Como un sendero tortuoso que espera ser llevado a algún destino probable.
El punto y aparte como una espera.
Como un desfiladero lleno de preguntas.
El punto y aparte, solo el aparte o solo el punto.
Como una pausa perpetua esperando continuación.
Y el ojo caníbal de tanta realidad amanerada, de su ridículo aspaviento, de su estado rígido en las formas.
El ojo hartándose de devorar siempre lo mismo.
El ojo volviéndose hacia adentro y revelando un extraño reflejo en los fondos.
Y su galimatías y su hechizo.
Este huracán o tormenta, de letras y significados sin ninguna causa.
Esta caída en el olvido, porque después de este momento donde también se muere, ya nada es susceptible de ordenarse.
Y la efusión se obstruye.
Y el deseo decrece y aumenta.
Sin considerarte, sin tener en cuenta tu designio.
Solo objeto de este chorro o corriente, de esta fuerza o enfermedad que hoy te mantiene pegado al suelo.
Bajo un interminable mausoleo edificado con los ecos de todos tus incomprensibles dialectos.
Bajo capas y capas de sensaciones que no podrás traducir.
Y allí comprenderás de algún modo, como yo comprendí algún día, que nada puede decirse si todo sucede al mismo tiempo.
Y pensarás como yo, en un final necesario, que detenga todas las tentativas de mantener la espera.
Que frene el impulso.
Que rompa el tedioso trepanar de bocas y silbidos, caricias, voces y tumultos.
Y sabrás porqué me detengo justo aquí en un falso aparte, hablando de un punto que no es final.
Los relatos incompletos.
Las eternas circunferencias.
Sabrás de las resistencias, de su necesaria frontera para escapar a la cordura.
Porque si el orden penetra, si enraíza, si te transforma para siempre en algo vegetal, dormido.
Algo dejará de existir, de propagarse y a su vez entonces, algo desaparecerá para siempre.
Algo que debe infligir su herida.
Su constante peligro.
En el mundo cuadriculado donde todo es armonía de conductos, tuberías y estrictos metales encadenados.
Donde las marionetas campan con la apariencia de hombres y los hombres capaces de manejarlas toman apariencia de sombras, de cobardes espectros tras una maraña de tensos hilos dominantes.
Y ordenan los mundos tal y como aquí ha sucedido.
Durante esta corta estancia que hemos compartido entre nosotros.
Silencio.
Esto es lo que hoy puede ofrecerse.
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