
Ya falta poco, ya queda menos.
Y como el tiempo, las palabras deslizándose en el oído precario, todavía inconsciente del tumulto.
Y como el agua de un inconstante diluvio, la voz, lavando la piel de un alma diminuta, encogida.
Las manos adultas, repletas de arrugas, como un libro.
Los ojos adultos, dorados, azules, extrañamente multicolores, reflejando un mundo nuevo, un sueño nuevo, una nueva transformación.
La mente pasional del ser imaginando una reacción final, última, al menos duradera en el espacio del caos.
Todo se aboca en el cuerpo diminuto de un ser recién nacido.
Esto ya sucedió antes y sucede cada día, forma parte del terror del hombre a no ser perfecto.
Cada fallo que acumula la experiencia va mermando la confianza y el tiempo y los cuerpos sometidos a él, simplemente abandonan su cometido, porque se suponen inválidos tras cada uno de sus errores.
Este también es el caso de este hombre envuelto en harapos.
Este momento es una repetición.
Es un entorno sometido a la vicisitud, es una espiral y un terrible retorno constante a una idea.
Es una obsesión que incluye el tiempo, el espacio y la ya de por sí falsa ilusión de que un momento tras otro momento no extinguen ningún límite.
Este relato les excluye de la narración, los aparta de la línea argumental, de todo concepto antes esbozado.
Solo es importante este cruce entre la mirada del hombre y el cuerpo del niño, que recuperamos de la memoria, como el que excava en un viejo álbum de fotografías de un desconocido y solo puede observar sin juicio y reconstruir a partir de esa bidimensionalidad seguramente un mundo erróneo.
Pero es en este silencio, en la parte muda de toda consideración, en el momento de mayor carga emotiva en la intencionalidad de recrear.
Es en ese instante donde las cosas convergen de manera obsesiva.
Y estallan los sentidos para alcanzar tras su destrucción un nuevo fin.
El fin concreto no es este.
El lugar a donde se dirigen los pensamientos no es este.
Imaginad por un momento que tras todo esta comedia hay una intención superior.
Un juego superior, que teje hilos invisibles por dentro de las células.
Que ha trazado una marioneta que puede moverse al detalle, de manera que no aparente ser una marioneta.
Para que las demás marionetas no la teman y olviden su realidad, pensándose otra cosa.
Hombres, seres, sombras.
Quizás incluso el motor de éstas no sea un ser superior, ni una forma suprema, imaginad que esto ha sido delegado en algo mucho más pequeño, en algo inferior, mínimo, despreciable.
Y que los hilos no son tal cual los hilos que imaginas.
Sino que forman parte de químicas y electrones, y sus trazos son tan sutiles que aparecen y desaparecen si dejar huella.
Si tu ojo fuera capaz de desentramar todas las fuerzas que tienen lugar en ese encuentro.
Si tu mirada hubiera superado las barreras y pudiera comprender más allá.
Si pudieras observar como observamos nosotros durante un instante.
Si cada hombre pudiera ver el juego entramado de los demás hombres hasta su fondo último.
Si supiera de cada realidad y de cada ilusión.
No quedaría más remedio que volver, regresar al punto inicial del juego.
Reiniciar el sistema en pos de un orden.
Pues no habría nada secreto en el organigrama.
Y ninguno confiaría en ninguno.
Y no existirían los valores ni las moralidades.
Porque no sería posible su esbozo en esta base incorrupta.
Pero quizás eso ya forma parte del juego.
Y el sistema se muerde la cola, como una gran serpiente ciega que hambrienta solo acierta a devorarse a si misma.
Ahora, después de este pequeño trance.
Durante el tiempo que dura este recuerdo que desaparece.
Y la historia continua a pesar de cualquiera de nuestras transiciones.
O de cualquier círculo que tuvimos deseos de trazar.
En nuestra cíclica necesidad de líneas, órdenes y sistemas.
Como un programa que se regenera.
Como una directriz insuperable en nuestro fundamento.
Que hace que todas las palabras anteriores pierdan rápidamente su sentido.
Y perdure la imagen, como algo insoportable.
Como un icono imborrable.
De valor y formas incognoscibles, más allá de su objetivo.
El hombre, el niño, su suceso, como único resorte a la esperanza.
La esperanza solo un engaño más para que todo el montaje perdure.
A pesar de cualquier observador emancipado, capaz de adentrarse en sus peligrosas intenciones.
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