diumenge 14 de desembre de 2008

Sobre el penúltimo relato que desconoce su destino.


- Soy el antepenúltimo- dijo una cadena intermitente de letras que se ordenaban en una frase tras otra, sobre la superficie vasta de un desierto.

Su dibujo en la arena, danzando, ofreciendo su rico significado de tumulto, de mágico suceso.

Como un gran dedo, algo dibujaba estas palabras continuamente.

- Soy el antepenúltimo. Soy el antepenúltimo. Soy el antepenúltimo.

Como una conciencia que tomara lugar allí, ahora, en forma de estos surcos que a su vez derivaban en letras cognoscibles a vista de pájaro.

Algo final que se avecina, se nutre de los senderos y de los polvos, devorando las huellas de todos los viajeros.

Algo último toma conciencia de la no reverberación de su suceso, y entonces el hambre lo acucia y lo obliga a tomar ciertas decisiones con respecto a la desaparición y a la decadencia.

Quizás no sea esta la manera de terminar una historia, lo sé, pero quizás si sea esta la manera de decir un casi adiós, previo a la total despedida de todos vosotros.

El desierto con su forma primitiva, ondulante, sinuosa, es el marco perfecto para que nuestras frases sean borradas y absorbidas hacia el fondo.

Allí escribo y dejo un último momento que apenas dura el instante entre una ráfaga de aire y la siguiente.

Allí me pierdo junto con las letras, en el surco de sus formas curvas, y las veo desvanecer allí donde ya he pasado.

Quizás las olvido también y quiero dejar que no crezca nada más una vez mi paso haya sido resuelto y ensordecido.

Quizás este juego no amaina tras de mi y quisiera que nadie más jugara a él, pero nunca será así, sé, de alguna manera sé, que hay sombras que nunca pude describir y seres difuminados que todavía vagan en este mundo medio oculto bajo esta luz del crepúsculo.

Sé de los ojos noctámbulos que aúllan a la zaga de una línea más que alimente su posterior discurso y sueño.

Sé de la vida en lo hondo de los seres tallados, de la indiferencia de los hombres envueltos en esta ruleta continua de vidas y sometimiento a leyes y sucesos.

Sé de algunas cosas que no quiero saber, porqué sé que es imposible terminar un relato, cualquier cuento, ensoñación o historia, cuando no se encuentra el final apropiado.

Es por esto que sucede el preámbulo, este pequeño divertimento donde se comba la temporalidad y nada es lo que parece.

Y es así como la propia forma de las cosas dichas se enreda en ellas mismas.

Se enmadeja, se contagia, se filtra, y se va volviendo en adobe, en fermento, en pista de vuelo preparatoria, en lugar cálido semiabierto, en gruta, en reposo, en sombra a plena luz del plenilunio, en rayo último sobre las crestas de una ola, o en diminuto insecto que aun no desaparece dentro de la planta carnívora que cierta, pero lentamente lo disuelve.

"Soy el antepenúltimo" es una proclama infinita sin resultado.

"Soy el antepenúltimo" es igual a la más hueca de las más vacías de las formas dichas.

"Soy el antepenúltimo" tiene el valor preciosista e indigno del lenguaje sin argumento.

Y nada le frena cuando pierde todos sus atributos.

Porque corta el aire con su voluntad inalterable, con su armónico de signos sin fundamento, sin sustancia.

Brilla.

Estalla como una conmoción sobre la formalidad del ecosistema.

Con la potencia de aquello que se sabe definitivo, aunque haya tergiversado en algún momento su lugar en el trágico desenlace de la historia.

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