
Es hoy la primera vez que me sucede.
Te preguntarás el qué o sencillamente obviarás hacerte esta pregunta.
No, no hablo de mi, aunque lo parezca.
No puedo atormentar ninguna de mis imágenes pasivas,
enturbiadas en el olvido o en la frágil muestra que me retornan los espejos.
No puedo negarme tan fácilmente a lo que es tan inevitable.
Quizás ahora que escribo este acúmulo de fracciones, este abotargamiento de palabras,
este empecinarse en contactar con lo dormido y pensar que esto sea así o de otra manera
sufre de catarsis y de producción apática de ficción y refracción del impulso.
Tal vez no quiero ser claro en nada de lo que describo.
Porque estas voces que se atrapan bajo las formas del rostro,
no consideran una sola vez el evitarse.
Porque ocurre ahora, en este preciso instante, que nadie escucha todo el griterío
que se hace fuerte en el bastión de las cejas, tras la frente, bajo el núcleo mismo del resuello.
Donde se cuajan las lágrimas y se entumece el dolor del llanto.
Y él se desnuda con una parsimonia inaudita en su historia.
Es quizás que se mezclan los sensores y las parafernalias,
tomando la forma de un esperpéntico cuadro.
Es la apariencia de las cosas que toman referencia de su ser y no al revés.
Y se ve observado desde miles de puntos, centro de un todo que no se conmueve,
al menos no de manera que pueda considerarse desde su posición.
No es así?
No, no es así.
Gritando las palabras, escupiendo pedazos de serrín sobre un papel vacío.
No, no era esta la manera de alcanzarnos.
Otra voz y otra voz, como narradas, tomando la forma de un discurso ahora, en este vértice.
Escribes con la vertiginosidad de una montaña rusa a punto de colapsarse.
Trampeas la realidad, e incluso la fantasía es trampa en tu cómoda distracción.
Eres solo falacia, falsedad, agujero.
Redes, redes inclusivas te convierten en ovillo y tu pupa desencarna rozando la sutileza del cristal atravesando la carne.
Tu mutación no es falsa.
Pero sin embargo, la sombra de todo esto está viva, y se desentiende de tu reflexión.
Pero a tu pesar, la fijación de tus peripecias no son sino carencia.
No son sino falta.
No son sino otra cosa que no eres capaz de dominar, ni de comprender siquiera.
Las cosas se revuelven en tu estómago.
Pez sin sombra, recluido en peceras de azabache.
Algo se resuelve en forma de líquido, y se esmera por desdibujarte.
Para no despertar jamás de tu sueño, existes.
Para no regresar jamás a los principios.
Ni sentir que haya final en ninguna de tus utopías.
Personaje del personaje, dentro del hombre, personaje en el fondo de si mismo.
Recapitulando tu historia en forma de estructura.
Aun no has caído, pero se impregna el sentido incluso de lo que no dices.
Eres poro abierto a la hambrienta mirada del extraño,
que no eres más que tú con otra configuración.
Tras otro disfraz.
Que impensable laberinto repleto de matices.
Que sueño hilvanado entre los dedos, soga de tu propio frenesí.
Ahogo.
No, más bien, tenso tirar de las extremidades.
Un levantarse de repente, un flexionar el tronco haciendo reverencias.
Y un público serio, ya nunca más infantil, aplaudiendo.
Como si de un acto fúnebre teatralizado se tratase.
Justo entonces darse cuenta que no hay telón.
Y la casa de muñecas donde representas tu drama, está exenta de placeres.
Está más bien vacía, hueca en lo hueco.
Y no existe final en tu penitente arrojo al escenario.
Solo un deambular casi humano, encerrado en un cuerpo retorcido de una marioneta
que intenta describir lo que le está pasando, lo que le está cambiando,
más allá de cualquier posibilidad que le otorgue esta sentencia.
