
Han pasado los ciclos y el mundo permanece.
La montaña de marionetas, junto al árbol grande, se ha conformado en un pequeño talud cubierto de musgo.
El desierto ha modificado sus recorridos y los viajeros que en él se perdían, han muerto o han regresado a sus hogares.
Las telas de araña se han marchitado, putrefactados sus elementos primarios, han dejado libre al viento y este se ha manifestado rebasando sus límites, hasta trasladar la grandeza de las dunas mucho más allá.
Los hombres amontonados en el muro, no son más que acúmulos de hueso entremezclado con maderas recargadas de pólipos y moluscos, y se hunden muy abajo en el fondo marino.
Los guardianes ya no deambulan, no caminan sobre la muralla, no vigilan a nadie, no se mueven de su lugar, como gárgolas mirando al infinito del espacio.
El muro en sí mismo, se ha vuelto línea de horizonte y nadie nunca se pregunta que hay más allá de él.
Ahora los hombres se han desprendido de las marionetas, nada los trastorna, ni los influye, porque sucedió algo en el filamento dorado que los mantenía unidos.
El árbol perdió sus hojas, y como consecuencia de esto, el filtro que transformaba la luz en cadenas se fue debilitando.
Nadie supo nunca porqué este cambio fue sucedido, o porqué las cosas dejaron de ser tal cual eran, seguramente por el mismo azar y el mismo capricho que antes las habían conformado así.
Ni siquiera PANACEA (Pequeño Aquí Nombrado Así Comité De Estudiados Accidentes) encontró las causas para este cambio global tan intenso e inmediato, así que decidieron dedicarse a estudiar otra cosa como los cambios de polaridad de los objetos abandonados en los vertederos y la cantidad de recuerdos que amasan las orfídias, una flor recientemente descubierta que nacía de dentro de las marionetas abandonadas en los lugares donde había un buen sustrato.
Ahora todos los hombres se habían acumulado en la gran ciudad, fomentando un gigantesco acúmulo de edificios con la intención de competir con las hormigas.
Con el tiempo nadie recordó nada, empezaron los olvidos y el tiempo pasado donde el luthier acumulaba diminutos cuerpos cerca del árbol, había terminado.
Las ciudades prosperaron y se expandieron, barreras incluso para el desierto, que fue regado con agua y contenido de maneras mucho más violentas.
El árbol fue conservado como un extraño monumento en el centro de un parque temático, rodeado de montañas rusas y túneles del terror, niños que gritaban asustados por su figura tétrica adornada ahora con calaveras de plástico.
Aunque a pesar de todo, nadie nunca se había atrevido abrir la puerta que se dibujaba en su tronco.
Y los más mayores de los hombres, todavía agachaban la vista con respeto al pasar de cerca y contemplar en qué se había convertido el origen, de donde muchas cosas provenían.
Han de pasar muchos eones todavía, pero os avanzo un pedazo de la historia, como si desde dentro de un torbellino de tiempo y espacio pudiéramos observar en un centro tranquilo, claro, una rama negra y en su apogeo, en su extremo, una pequeña mancha verde que anuncia algo totalmente imprevisto en esta nueva era de los hombres.
