divendres, 1 / febrer / 2008

Del frenesí que repta en las urbes.



Desde el punto más elevado de un edificio, hasta la raíz más profunda de sus cimientos, existe trazada una línea de verticalidad que nunca se conmueve.

Existe también una conmoción en esto.

Porque tan solo es una teoría.

Una fugaz idea que permanece en el aparente estado apático de un hombre.

Entre sus pupilas, amargamente acostumbradas al gris y a la escuadrada manifestación de cualquier constructo que ha dirigido su vida entre la forma de sus calles adyacentes, hay un atisbo de fiereza que nunca se afianza del todo, pero que permanece a pesar de todas las capas que ha ido añadiendo sobre su primitiva estructura homínida.

Existe una mirada dentro de la mirada conocida, del hombre acostumbrado a ver a otros hombres dentro de la misma peripecia social de encuentro previsto, de ley congénita, de sublimación de los contactos en forma de agradecida sucesión de actos cotidianos y correctos.

Hay algo que bulle incluso a pesar de las normas y se arrastra bajo el yugo de la complicación dentro de la complicación que suponen los impulsos generados por la urbe.

Un bombardeo consciente de luces, letreros, brillantes neones y formas donde perder la vista a cada paso recorrido.

Multiplicidad de sensaciones que reducen al hombre, y lo cortan en pedacitos que debe recomponer de una manera exacta para salvaguardarse un poco.

Si existe una sola posibilidad de ver como sobre una superficie adormecida de una charca el movimiento de los hombrecillos en su espacio concreto.

Como pequeños insectos acuáticos que realizan su dibujo siempre de la misma manera.

Si tuvieras la capacidad dentro de tu mirada hueca de ser dormido.

Verías una sutil estela en cada individuo, una red de finas hebras formando extraños tejidos en el aire.

Notarías el avance de las diminutas partículas de polvo realizando su trabajo de manera exquisita, constante, como una tenue manifestación de algo más grande que pretende mantenerse oculto, sin despertar sospechas.

Y entenderías que las cosas solo han mutado su forma externa, su apariencia, su estado más superficial, y que lo que parecía desaparecido sencillamente ha adaptado su tránsito entre lo vivo, con su manera de pasar inadvertido por la mayoría, pero sin descuidar un ápice de su eterno cometido.

Mientras el objeto- hombre sigue solo como engranaje, para una mutante estructura que se arrastra, ausente a cualquier otro problema que no sea este acto propio de sobrevivirse.