
Sobre las guías de la narración yace un sendero, donde los hombres han perdido sus señales.
Sobre la voz repetida en lo más íntimo.
Sobre los perdidos caminantes siempre en espiral.
Se encuentran las huellas de algo concreto, de un viajero que aun no se desploma inane, sino que ha permanecido siempre en movimiento desde el principio del principio de sus andares.
Y nunca, jamás nunca desfallece.
Y jamás, nunca jamás aminora.
Cada paso es un retumbo que atrae el interés de las raíces.
Que le buscan desde hace tiempo, porque tiene que rendir cuentas de un acto cometido muy atrás en la historia.
Muy al inicio de este gran cambio que no es tanto, pero que se fundamenta en su terrible determinación.
En su ansia insatisfecha.
Que le acompaña todavía como motor de cada mínima distancia que recorre, siempre huyendo de sus fantasmas, de una presencia que flota en todo lo que crece desde la tierra.
Y le huele, como una presa deliciosa que necesita para subsistir.
Porque ninguna otra carne le sabrá tan dulce como esta.
Le necesita tanto como la semilla al sustrato donde se aferra con todo su esplendor a la vida.
Y nada evitará que un día haya un encuentro.
Y que su cuerpo finalmente se resquebraje, para que el secreto retorne al lugar donde tuvo origen.
Y quizás entonces algo quede satisfecho.
Y los órdenes, que parecen haberse alterado irremediablemente, regresen poco a poco a su sitio.
Para que el comienzo no termine nunca, en su afán por reencontrarse.
