diumenge, 9 / març / 2008

Sobre un límite en el confín.


Desde las fronteras de un mundo precario.

Bajo la mirada desteñida de seres anulados por el tedio.

Entre las vastas planicies de sus amainados espíritus.

Donde renace apenas una intención aparentemente viajera.

Un impulso de evocación de paraísos, de campos rebosantes de violentos frutos.

O sencillas piedades en el sórdido paisaje de este brevemente modificado espacio.

Dentro de sus silenciosos racimos de abultadas delicias.

Dentro de su vida que explota en una proliferación de colores vívidos.

De calor ocular manchado de luz alimenticia.

Quizás fue el hambre.

La necesidad de atragantarse con cualquier cosa.

Que algo dulce tocara la lengua y reviviera el gusto, perdido en estos años de periplo inacabado.

Quizás es la voluntad de este ser anonadado por un repentino encuentro con vastas extensiones de árboles cultivados, de todavía inalteradas estructuras vegetales que parecen brindarle una oportunidad para sobrevivir a pesar de todo, lo que le hace tener esta serie de pensamientos previos a abalanzarse sobre toda esta casual ofrenda.

Quizás todo obedece a su mente, a su temor por aceptar su destino.

Y es esto lo que le hace detenerse, quedarse mirando, solo prendado de las imágenes que le atraviesan la córnea, la frente y finalmente el cerebro como un golpe seco, como una imprimación súbita de este bodegón redivivo, inflamado de coloristas resortes.

Tal vez es que esta pequeña trampa ha cambiado su configuración primera.

Ahora ya no es un camino lo que necesita para atraer a los hombres, a los pocos que todavía se pierden en la búsqueda de un lugar donde sepultarse más dignamente.

Es posible que uno, adentrado en este pequeño paraíso no caiga en la cuenta que cada árbol se sustenta de manera extraña sobre un suelo de arena fina.

Tampoco, que esta arena parece formar pequeños remolinos alrededor de las huellas que uno deja atrás y las va borrando como si un viento constante soplara con esta intención, pero no es así.

Aquí todo está en calma, una serenidad silenciosa abarca el espacio y solo el hombre alimentándose, escuchando sus ruidos, sintiendo cada espasmo de satisfacción por cada jugo vertido en su sedienta carcasa, alteran un poco este diorama sutilmente compuesto.

Tampoco es posible escuchar la tenue vibración de las infinitas hebras que uno arrastra con su paso y como las diminutas gotas de rocío vibran en consonancia con éstas, justo antes de evaporarse en contacto con el polvo de ese suelo intranquilo.

No, uno no se da cuenta de nada, hasta que busca un árbol donde guarecerse tras la ingesta.

De hecho, no se da cuenta que este árbol donde se acaba de sentar está empezando a despertar de un letargo, que su copa aun no está cubierta, cuando todos los de su alrededor parecen encontrarse en una perpetua primavera.

Que sus ramas parecen esconder algo en su trenzado, mientras paciente espera que sus hojas salvaguarden sus secretos.

Y es cuando éste hombre visualiza algo, como una alerta sobrecogida en el fondo de su alma que despierta, se alza atravesando su espina dorsal y le hace ponerse a la defensiva, olisqueando el aire como un animal gravemente herido.

Pero él no sabe hasta que punto este lugar controla cada grado de temperatura, cada paso de las hormigas, cada presión en los conductos de la savia, de cada árbol, de cada rama, de cada nervadura, y cada latido de cada insecto que a veces se atreve a volar en su tarea polinizadora, también precisa y cronometrada.

Entonces da un paso.

Hunde su desnudo pie en la arena.

Siente la frialdad de sus cristales abrasando la piel, ligeros, como una caricia.

Siente la imperiosa necesidad de coger el primer fruto, llevárselo a la boca, satisfacerse con cada mordisco, ver su rojiza pulpa violentamente desgarrada y sentirla recorrer el tracto hasta caer dentro de su estómago.

Dentro de la seguridad de su cuerpo.

Piensa en muchas cosas, en demasiadas cosas, y también sobre esto actúa una fuerza que desconoce.

Acaricia el primer conjunto de piel frutal arracimada, sus colores le atraen, su tacto le confirma un efecto más de esta bien predispuesta estrategia.

Solo la sensación le recorre, le aminora, le miniaturiza, como un eco mínimo en la última voluta de su cerebro.

Y algo más grande y terrible se apodera, algo más oscuro y precario, arranca el alimento, casi lo pulveriza antes de introducirlo en su boca.

Pero no es la sensación dulce, ni amarga, ni nada parecido lo que se sumerge en su delirio.

No es el jugoso manjar lo que se perpetra en su garganta.

Solo el afilado cuchillo de una arena disuelta en su pobre saliva.

Y un ardor imprevisto que le quema la carne y las entrañas.

Huye, pretende huir, y no puede concebir este artificio.

Escupe, escupe todo, todo lo que todavía no ha alcanzado su vientre.

Tose, se revuelca, y siente una asfixia momentánea cuando todos los árboles comienzan a disolverse como fláccidas construcciones de arena húmeda.

Pequeños montoncitos de polvo se multiplican a su alrededor y se extienden lejos.

Él busca sus huellas, intenta recuperar un punto de perspectiva para devolverse a su extravío.

Pero no sabe que todo está previsto.

Una criatura mora en el fondo del desierto, un ser extraño y eterno, cuya hambruna supera cualquier imaginario.

Las arañas aprendieron.

De mi voz, a la que ahora por primera vez recurro para dirigirme a ti.

El hombre, no comprende.

Y solo intenta desesperado levantarse, correr hacia el único lugar seguro que avista.

Después, abrazado a una corteza rugosa y caliente, parece tranquilizarse un momento.

Mientras una vibración imperceptible se contagia desde las raíces hasta el suelo, y el tumulto de cada grano de arena solo es el resulto de un escalofrío de satisfacción, que recorre el biotopo desde su epicentro.

Donde algo nunca dormido, parece querer finalmente despertarse.