dissabte, 19 / abril / 2008

Línea de producción nº 23.


La pared como una frontera vertical que se expande hacia todos los horizontes posibles de la mirada.

La pared, el muro, algo intraspasable.

Un ojo en lo alto.

Un ser atónito ante el blanco inmaculado de esta barrera.

Entre sus brazos reposa un pequeño bulto sucio, lleno de barro.

Parece no haber nada a su alrededor.

No existir nada salvo él y su material impedimento.

No hay avance posible.

Detrás tampoco hay otra cosa que un vacío extenso.

Donde pudieran perderse mucho tiempo antes de desfallecer.

La mano sobre la suave superficie, deja cinco líneas oscuras que pierden intensidad a medida que camina un poco hacia, por ejemplo, su izquierda.

Supone que esta marca le proporcionará una guía en caso de volver.

Aunque unos kilómetros más tarde empieza a pensar que la pared es interminable.

Que todo el camino hasta aquí no tuvo ningún sentido.

-Al menos aquí no hay sombra- Se dijo, mientras se recostaba sobre la superfície y dejaba que su cuerpo se relajara un poco.

-¿Qué tal te encuentras pequeño?- Dijo desentramando las sucias telas y descubriendo un rosáceo cuerpecillo desnudo. -No nos quedan muchas opciones. Disfruta de la luz.-

Justo ahí, en el final de la palabra luz, dicha sin demasiado énfasis, una línea negra parecía venir desde el límite visual del horizonte superior, cruzando el muro, dividiéndolo en dos grandes paneles claramente identificables ahora.

El cuerpo del hombre se venció hacia atrás y de repente se vió justo en el otro lado del muro, perdiendo de vista velozmente la línea que de nuevo se cerraba.

Ya no había blanco.

Todo eran tuberías y sonidos estridentes.

Eran transportados por en medio de una especie de factoría llena de humos, sobre una negra cinta transportadora.

Nada le iba a sorprender ahora.

Ni siquiera sabía como había pasado del oscuro túnel a aquel desierto albino y ahora no iba a empezar a preguntarse qué era todo esto.

Después de girar, subir, bajar, deslizarse por unas cuantas tuberías de plástico, se encontró en medio de una sala a cuyos lados se abrían muchos agujeros.

La cinta transportadora seguía en marcha y se bifurcaba en varias cintas que iba a parar dentro de estas oquedades.

Saltó.

Y el mecanismo paró de repente.

Un leve rumor de maquinaria deteniéndose.

De motores que descansan expulsando silbidos de vapor.

Dejando todo en una extraña e inquietante calma.

Escuchó al fondo, del lugar del que venían, un alarido conjunto de muchas voces.

Fue entonces cuando no pensó nada más.

Saltó dentro de uno de los agujeros y esperó a ver que sucedía.

Mientras la maquinaria pareció arrancar de nuevo y una lámina de cristal les separó para siempre de la sala.

Detrás, un pasillo lleno de neones indicaba un único camino.

En la habitación anterior, todo empezó a oscurecerse, vió algo pegarse al vídrio y mirarlo fíjamente con profunda rabia.

Nunca supo exáctamente que era aquello.

Prefirió, como el resto de cosas que le sucedían hoy, no saberlo jamás.

Besó al niño en la frente, le susurró un leve murmullo de calma, a modo de canción de cuna.

Y dirigió sus pasos hacia el fondo de un pasillo largo del que no veía final.

De todas formas hoy, no iba a ser uno de sus mejores días.

Eso pensó, mientras andaba tranquilamente al encuentro de lo que surgiera.

Estaba seguro, no iba a soprenderle demasiado.

O quizás sí.