
Si abres el ojo y miras, no sucede ningún tránsito entre el reposo y la mirada activa hacia el horizonte.
Si intentas observar algo más allá de tu entorno, de la rigidez finita de tus convenciones.
Si contemplas a través de un cristal extrañamente nublado.
Si lanzas el iris contra un espejo de celofán y estaño.
Si se escucha un crepitar en lo hondo, bajo la capa de barniz de esta superficie.
Si el sueño perverso donde nos hemos sumido desde hace un tiempo, no pretende desprenderse, ni acabar, ni dar un giro trágico que nos denomine muerte, o sesgo, o simple cambio de perspectiva en pos de una nueva fórmula.
Si de algún modo extinto en la memoria, todavía queda una posibilidad, un último latido previo a algo diferente.
Si el cambio sucede a pesar de todo lo inmóvil y en sí mismo lo inmóvil es a su vez cambio y también sustancia irrevocable.
Si todo está dibujado en el fondo cóncavo de una copa y a su vez, sobre ella, en una bóveda también se dibuja el mismo trazo, como un mapa que se refleja en uno y otro extremo de esta imaginaria burbuja, mitad cristal, mitad adobe.
Si hoy pretendo extinguirte una y otra vez, entre las turbias amenazas de un imaginario superfluo carente de hondura.
Si la mente no se altera entonces, si el recorte sobre papel de esta realidad o quimera no se subleva.
Si todo guarda la pacífica estampa del grabado en piedra.
Del relieve apagado de las cornisas de un templo desierto.
De la pluma que ensombrecida cae sobre un estanque de fango y se hunde, lenta, atravesando diversos estados antes de desaparecerse.
Si la consciencia no se expone jamás a ser entrevistada, ni podemos en algún estrato de nuestro entierro mirar hacia arriba una sola vez, para cegarnos ante un sol marcadamente extraño, encerrado en un rectángulo rodeado de cabezas.
Si todo duele una vez hemos sido partícipes de nuestra desencarnación, de nuestro postrer pálido estado de agonía.
Y ya no parpadean los ojos, ni los iris encuentran el descanso de una pupila sumida en lo oscuro.
Si la cortina de las pestañas no ofrece ya su protección.
Si los sentimientos no nacen y no se despedazan cayéndonos por esta superficie, resbalándonos gravemente fríos, envueltos en sudarios de sudor y lágrima.
Si el respirar no tiene sentido y la madera, solo la madera se extiende como la única sensación posible en este inmóvil torso.
Si nuestro siguiente pensamiento corresponde a un ruido contínuo de carcomas devorándonos la frágil estructura que ahora nos conforma.
Si intentamos borrar esta imagen fija de mundo tatuado en las espaldas de los hombres, que todavía caminan a pesar nuestro, de nuestro tenue desenlace al final de este cuento.
Si el espectro que miras adentrarse en esa escalera profunda no surge de nuevo, no regresa jamás y se convierte en una capa continua de polvo amontonado en las huellas que no serán replicadas.
Si en estos momentos de caótico absentismo del cuerpo de carne, en esta compasiva unión de pedazos sometidos a la voluntad de los hilos, aun no podemos darnos cuenta de la decisión tomada por los poderes.
Si no andamos todavía.
Si permanecemos aquí a la espera de una maniobra o de un impulso superior que tense nuestra sombra, que dote de sentido la pose que nos congela en la conciencia de los vivos.
Puede que nada se haya perdido todavía en los pasillos de este árbol hueco.
De esta línea de producción que no se detiene.
Porque el sueño dentro de este sueño prendado.
No es más que un hondo pozo, una grieta en el angosto descenso a la locura.
Un lugar para sumergirse antes y después, durante una compleja reacción en los bordes.
Donde las líneas de la magia y del retorno pueden voltearse y restallar, como látigos o fustas violentamente dispuestas a lacerar todo lo que no forme parte de esta fábula.
Si todas estas cosas fueran posibles en el cerebro intuido de estas figuras sin nombre que cuelgan de esa estantería.
Si el principio no fuera el principio.
Ni esta la primera nota de una suicida tendencia de los objetos a dotarse de personalidad.
Si nada de lo anterior hubiera sido escrito.
Si la voz no dijera nada.
Si las letras no dijeran nada.
Si el mundo imaginado no fuera el mundo imaginado sino algo más grande y más inalcanzable todavía.
Si el ocaso de los símbolos no se pudiera evitar.
Y la comprensión de todo solo fuera tinta informe, sin un dibujo o trazo significativos.
Si la muerte en si misma no fuera más que esta epopeya de cartón y tela vistiendo figuritas.
Si el juego no terminara nunca.
Nunca terminara el juego.
En nuestras manos rígidas por la tensión de los nervios de pino y sauce y roble y boj.
Si la cabeza, si cada extremidad dormida, no despertara de su desesperado trance.
Si no pudiéramos pensar hoy que somos un simple muñeco hilvanado, carente de emociones.
Si no naciera el griterío del acero y de los materiales formando edificios y calles y callejas.
Y avenidas y parques y puertos y cunetas.
Y bocas, bocas de hombres despertando de golpe.
Y un golpe certero en la nuca de alguien.
Y una mudanza a medias que olvida algo en los rincones.
Ese algo que ya no viajará con nosotros.
Si no fuéramos nosotros los protagonistas de este peligroso juego de imaginar lo inimaginable.
Si el control no ha estado nunca a nuestro alcance.
¿Cómo desprenderse de nuevo de esta grave sentencia de los elementos?
¿De esta carga obligada de personajes fulminados por leyes fingidas?
¿De este tirar intrusivo que nos fuerza a mirar hacia lo alto, a perder la vista en un punto elevado, a cruzarnos de lleno con los ojos de alguien que también nos mira y que narra, improvisando, un nuevo mundo posterior a todos los otros donde nos narraron?
Me dije entonces: Quizás el héroe conozca la respuesta.
